Iván
y Alba eran amigos desde hacía doce años. Se conocieron en las fiestas grandes
del barrio donde ambos residían, en ese momento cada uno vivía con su familia,
pero ahora Iván vivía de alquiler el solo y aunque le apuraba económicamente,
estaba feliz. Residía en un edificio de la avenida Luis Buñuel. Alba vivía en
un piso compartido con dos chicas más. La habitación era cara, pero no estaba
tan mal, tenía servicio propio y era bastante grande, además tenía a siete
minutos exactos su lugar de trabajo, una residencia de ancianos.
Corría
el año dos mil once y eran las fiestas del barrio, en el pabellón de festejos,
Iván de diecinueve años, conoció a Alba de dieciocho. Esa noche se enrollaron,
pero la cosa nunca pasó de ahí, en cambio desarrollaron una gran amistad
verdadera en la cual se ayudaban y aconsejaban en cualquier tema. Pero un día,
algo cambió, quizá fue la madurez, la soledad, la vida o simplemente el
destino, pero desde hacia seis meses, Iván se empezó a sentir atraído por su
amiga. No era una cuestión sexual, era de amor. Había tratado de luchar contra
eso, pero cuando te enamoras del alma de otra persona, no hay mucho que puedas
hacer. Por supuestom todo eso lo llevaba en riguroso silencio, que era lo que
le estaba devorando las entrañas. Y mira que la había visto con novios y llorar
a moco tendido porque alguno de ellos le había engañado, pero él estaba siempre
a su lado. El timbre de la puerta le devolvió a la realidad porque había
quedado, precisamente, con Alba, que también llevaba su cruz. Se limpió los
ojos de lágrimas, puso su sonrisa de siempre y fue a abrir la puerta.
─
¡Joder! ─ dijo al verle la cara.
─
Hola ─ dijo ella mientras entraba.
─
Adelante, estás en tu casa ─ dijo él tratando de hacerla reír, aunque sabiendo
que no había estado acertado.
─
No tengo ganas de bromas.
Se
desplomó en el sofá, su amigo se sentó frente a ella.
─
¿Qué te duele? ─ le sonrió él.
─
La vida ─ dijo ella ─ no tiene solución.
─
Venga Alba, no exageres. Todo tiene solución.
─
Ya ─ dijo ella.
─
Cuéntame anda.
Ella
se incorporó.
─
Estoy indecisa ¿te acuerdas de que te conté que había un chico que me mandaba
mensajes dándome las buenas noches, diciéndome que si estaba bien, que si
quería hablar que me tenia ahí…
─
El de tu curro ¿verdad?
─
Si ─ dijo ella mirándole ─ creo que empieza a gustarme y se que no debería,
pero es tan atento…
─
¡Coño, y yo también soy atento contigo! ─ soltó él.
Ella
lo miró sonriendo.
─
¿Estás celoso?
─
¡Por favor! ¡Alba, estoy por encima de esas mierdas y lo sabes!
─
Claro, como todos.
─
¿Qué sabes de él?
─
Lo sé todo.
─
¿Segura?
─
Si, tío, eres mi amigo, no te me pongas en plan hermano, Iván.
Se
ponía en plan hermano porque la quería con locura, y si, estaba celoso también,
pero no quería que ella se diera cuenta de lo que sentía, así que decidió
tranquilizarse.
─
¿Te manda todos los días mensajes preocupándose por ti sin pedirte nada a
cambio?
Ella
asintió. Y también el le mandaba mensajes así.
─
Y lo más importante ¿él a ti te gusta de verdad?
La
chica volvió a asentir y a él se le había esfumado la sonrisa.
─
Alba, te quiero muchísimo y quiero que seas feliz y si a ti él te hace feliz,
deberías decírselo.
─
Quiero que sea él, ya se que es una tontería, pero quiero que me diga “te
quiero”, y por alguna razón no me lo dice.
─
Hay muchas maneras de decir eso.
─
Pero quiero que sea con esas dos palabras exactamente.
─
Pues ayúdale tú.
─ ¿Cómo?
─
A ver Alba, mándale tu un mensaje de buenas noches o de buenos días o
pregúntale como le fue el día pero que salga de ti, no porque él te lo haya
escrito. Si de verdad quieres estar con él, manda un mensaje de vez en cuando,
porque mientras ese chico no te escriba conscientemente de que no lo hace, es
que todavía le importas, pero si llega el día que el no te escribe porque no se
acuerde, ese día habrás dejado de importarle y si a ti te sigue gustando,
créeme que lo vas a pasar muy mal.
Ella
le miró, y acto seguido sacó su móvil para mirar la hora.
─
Tengo que irme, mañana madrugo.
─
Como quieras.
Ambos
se levantaron y ella se lanzó hacia él para brindarle un caluroso abrazo, más
tierno y duradero que de costumbre.
─
Vale, vale que te quedas sin abrazos para tu amigo.
─
Eres un amigo increíble, estemos con quien estemos, siempre vas a tener el
mejor sitio en mi corazón ─ le dijo con los ojos humedecidos.
─
Oye ¿Qué pasa, corazón? ─ dijo abrazándola de nuevo.
─
Que te quiero muchísimo más de lo que te imaginas
─
Y yo, pero nosotros no solemos ponernos tan tontorrones.
─
Pues hoy si
El
sonrío y abrazados fueron a la puerta.
─
Ten cuidado ¿vale? Es un pelín tarde.
─
Te mandaré un mensaje para que sepas que llego bien.
─
Genial
Cuando
Alba se fue, el se quedó pensativo, tenía que aceptarlo y punto. La vida era
áspera, cruel, pero al final, siempre te daba un respiro y además se alegraba
por ella y eso era bueno. Trato de ponerse una película de la muchas que tenía,
pero no sabía que poner, pues si cabeza estaba dos calles más abajo. Después de
unos minutos, desistió en la idea de ver una peli y una nueva idea le rondaba
la cabeza, echarse a dormir.
Bip
bip
Le
había llegado un WhatsApp , sería Alba diciéndole que había llegado bien, lo
abrió, lo leyó y…sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras lo volvía a leer.
“Se
que no te lo digo mucho, pero espero que este mensaje te llegue al alma y que
si necesitas algo, me tienes para lo que sea, como siempre has estado tú para
mí, incluso hoy. Descansa y mañana nos vemos”
“Alba…” fue su contestación.
“Hace semanas que te lo noté, pero quería que me dijeras tú, esas dos
palabras exactas, no lo he conseguido, pero esto también me vale porque yo
también llevo tiempo enamorada de ti…o del chico del curro” contesto ella al
mismo tiempo que ponía dos emoticonos con el rostro amarillo riendo.
“Jajajajajajajajaja” puso él.
“Mañana te aviso cuando vaya a verte, que me duermo”
“Wow, que romántica”
Otro montón de caras riendo por
parte de Alba y un último mensaje
“Te quiero”
“Yo también te quiero”
Y
entonces fue cuando escuchó el frenazo, el golpe, los gritos y al poco tiempo
la sirena de la policía y de la ambulancia. Fue a la ventana y se asomó, en la
calzada, alguien yacía en el suelo.
─
Hoy es sábado, tíos ¿`por qué no salimos? Somos jóvenes ─ dijo Ibon.
Tenía
veintitrés años y ese fin de semana su padre se había ido de viaje y se había
quedado a cargo del piso. Sus amigos Noah y Étor, se habían acercado hasta allí
para pasar un rato o lo que se terciara, pero no habían caído en pillar un
extra de diversión.
─
Salir habrá que salir, tendremos que pillar algo ¿no? ─ dijo Étor.
─
Cristal ─ dijo Noah.
Étor
y Noah eran amigos de toda la vida, ambos tenían veintiún años y solamente Ibon
trabajaba, sus amigos estaban estudiando, aunque se ganaban algo de dinero con
trabajos sin contrato.
─
Yo puedo poner treinta euros ─ dijo Ibon.
─
Yo veinte ─ añadió Étor.
─
Veo tus veinte y yo pongo treinta ─ dijo Noah ─ pero me guardaré un poquito de
cristal para más tarde.
─
Para ir a ver a tu vecina… ─ dijo Étor.
Los
tres se echaron a reír.
─
Tenemos ochenta euros. Uno de cristal y dos pirulas ─ dijo Ibon ─ ¿Quién llama?
─
Llamo yo al de siempre ─ espetó Étor ─ encima vive ahí al lado, en la avenida.
Buscó
en la agenda y llamó, peor no contestó nadie.
─
No lo coge, voy a dejarle un mensaje
“¿Podemos
vernos ahora, tío?
─
Llegar, le ha llegado.
Minutos
después, el chico recibía un WhatsApp
“Estoy
en casa, pásate”
“Ok”
─
Vamos, nos está esperando.
Cinco
minutos después, los tres amigos llegaban a la avenida Luis Buñuel, que tendría
unos doscientos metros de longitud. A mitad de la misma, Étor vio a su camello.
─
Está allí, voy a adelantarme, esperad en el portal.
Echó
a correr hacia la otra acera, pero no miró al cruzar y no pudo ver el coche que
se aproximaba, las prisas no suelen ser buenas consejeras. Ibon y, sobre todo,
Noah si que vieron el coche, pero no pudieron hacer mucho
─
¡Cuidado, Étor! ─ era el grito de Ibon.
Noah
ni siquiera pudo gritar, aunque si pudo ver quien conducía y se quedó
paralizado. En la otra acera, el camello y la chica que estaban esperando se
llevaron las manos a la cabeza. El vehículo trató de frenar, pero no reaccionó
a tiempo y se llevó por delante al chico, arrastrándolo unos treinta metros y
matándolo en el acto. Ibon empezó a vomitar y la chica que iba con el camello
se abrazó a él. Minutos después llegaba la policía y la ambulancia.
─
Que rica estaba la cena ─ dijo Ainhoa recostándose en el sofá.
─
Ya sabes que soy un cocinero de la hostia ─ le contestó Jonan ─ era un risotto
con queso Philadelphia y setas.
─
Conociéndote, seguro que las setas eran alucinógenas.
Jonan
se echó a reír. Tenía veintisiete años y había tenido problemas de drogas
cuando vivía con sus padres, así que, en una discusión acalorada con sus
padres, lo echaron de casa, pero aprendió a buscarse la vida sin necesidad de
ayuda, y ahora vivía solo de alquiler.
Ainhoa
era su hermana tenía veinticuatro años y el día que lo echaron de casa, se dio
un buen sofocón, entonces tenía diecinueve años, pero su hermano le dijo que
con ella sí que quería tener contacto, y vaya si lo tenían…los dos eran muy
atractivos y un día de hacía ya cinco años se enrollaron. Ninguno de los dos
sabía porque lo habían hecho pero el corazón les iba a los dos a mil por hora
por eso de que era un tema prohibido. No habían tenido sexo, pero si
tocamientos de todo tipo.
El
teléfono de Jonan sonó, cogió el dispositivo y lo puso en silencio, no era el
momento. Se quedó mirando a su hermana, era una mujer joven muy tremendamente
hermosa, era alta, delgada y su pelo moreno le caía por la espalda como una
cascada. Esa noche llevaba una camiseta de tirantes corta que dejaba mucho
lugar a la imaginación. El ombligo estaba adornado con un piercing dorado en
forma de corazón. Una falda cortita le daba un aspecto muy sensual.
─
Espera un segundo ─ le dijo Jonan levantándose ─ falta el toque final.
Fue
a la cocina y acto seguido salió con una bandeja en la mano, dentro de la misma
había numerosas rayas de speed y dos de cristal.
─
El postre, madame ─ dijo ofreciéndole la bandeja y un rulo.
─
Por fin
Se
metió una de cristal y Jonan la otra, mientras se sentaba de nuevo.
─
¿Puedo? ─ dijo ella tumbándose en el sofá.
─
Debes.
El
chico puso las piernas de su hermana encima de las suyas.
─
¡Ay, dame un masaje porfa!
La
mano de Jonan no tardó en deslizarse por dentro de la falda de Ainhoa, con los
dedos puestos en forma de hombrecillo y caminando por el muslo de ella y
llegando a la vagina, por donde le paso la yema de los dedos por encima del
tanga rosa que llevaba puesto. Miró a la chica como suspiraba y se retorcía
suavemente. Ella buscó la mano de su hermano y le miró.
─
¿Paro?
─
No ─ dijo ella soltando su mano y apartando a un lado el tanga
Jonan
empezó a hurgar buscando el clítoris y cuando lo encontró ella empezó a hacer
aspavientos y lanzar gemidos más intensos…ya fuera por el efecto del cristal o
cualquier otra razón, pero la joven se dio cuenta de que se estaba calentando
demasiado y una cosa era juguetear con tu hermano y otra que acabase
penetrándola.
─
Espera, espera….
─
¿Qué?
─
Vamos a parar un rato, porfa.
─
¿Por qué?
─
Porque no puedes metérmela, somos hermanos, joder.
─
No te la iba a meter.
─
Pero me estabas poniendo cachonda perdida.
─
Vale ─ dijo él ─ ¿y qué hacemos?
─
Podemos ver una película erótica ─ le sonrió.
─
Está bien.
─
Voy al baño ─ dijo mientras se incorporaba y besaba a Jonan en la boca.
─
No podemos seguir como estábamos, pero ver una película erótica y meterme la
lengua hasta la garganta, si que se puede ─ se quejó el chico.
Mientras
Ainhoa se metía al baño riéndose, él miro el móvil, tenía un mensaje de
WhatsApp.
“¿Podemos
vernos ahora, tío?”
El
dudó, pero a quien no le venían mal unas perrillas.
“Estoy
en casa, pásate”
“Ok”
Su
hermana salñia del baño, mientras se bajaba la falda.
─
¿Qué peli vemos?
─
Ainhoa, espera un poco, voy abajo un momento, que viene uno a pillar mierda.
Bajo, que me diga lo que quiere, subo, se lo preparó y se lo bajo y así ni tienen
que subir ni me lo marronean por teléfono.
─
¿Puedo bajar contigo? Es que ando algo acalorada.
Él
sonrió.
─
Claro,
Bajaron
las escaleras y dos minutos más tarde vieron a los tres chavales por la
avenida.
─
Joder, conozco al de la camiseta verde, es vecino nuestro ─ dijo Ainhoa.
─
Yo conozco a los tres, pero solamente he habado con el que va en medio, creo que
se llama Étor.
─
Pues viene hacia aquí.
─
Que se de prisa ─ dijo Jonan mirando a su izquierda.
Un
vehículo se acercaba a gran velocidad, la persona que lo conducía no estaba
mirando.
─
¡Hostia!
Y
el grito del chico que ninguno de los dos hermanos había nombrado.
─
¡Cuidado Étor!
Y
aunque la persona que conducía trató de frenar, ya era demasiado tarde e
impacto contra el chaval. Jonan y Ainhoa de llevaron las manos a la cabeza,
para después ella abrazarse a su hermano, que estaba alucinado mirando a Étor.
Después aparecieron la policía y la ambulancia.
Rosa
María tenía cuarenta y dos años, llevaba ocho meses divorciada de Víctor, un
maltratador extremo. Al principio era encantador, como todo narcisista, pero en
cuanto se casaron empezó a ser un ogro. Las palizas eran constantes y siempre
tenía un motivo, uno de ellos era que tenía que tener razón y sino se la daba,
le daba una paliza. Un infierno para Rosa María que había durado demasiado
tiempo, diez años, pero que le había dejado graves secuelas psíquicas, como
paranoia extrema. Tampoco su familia se preocupaba por ella, como su exmarido
ya estaba lejos, pues estaría bien, pero no era así. En comisaría, le habían
dicho que se bajara la aplicación de la policía y que, si él estaba cerca,
ellos llegarían en tres minutos, se la bajo y la activo, pero no la tranquilizó.
Y eso que el día anterior, y como era una mujer atractiva, se había liado con
el hijo pequeño de sus vecinos de rellano, Noah se llamaba el chico y era
bueno, el chaval sabía engatusar a las mujeres. Iba a llamarlo porque estaba
algo nerviosa, así al menos, no estaría sola. Fue a la mesa del salón a por el teléfono
y cuando lo cogió, escucho un ruido que procedía de la cocina, un ruido como de
pisadas de algo pesado, como Víctor, por ejemplo. Se volvió hacia la cocina,
pero al estar en forma de ele, no podía ver la parte de la derecha, tendría que
acercarse.
─
¿Víctor? ─ dijo con una débil vocecilla.
No
escuchaba nada. Siguió acercándose despacio, pero temerosa. Pensó en coger algo
contundente para golpear, pero enseguida desestimó la idea porque podría hablar
con él y quizá volvieran a ser felices como antes. Ya casi había llegado,
solamente le quedaba asomarse a la derecha, se asomó y…nadie. Se relajó un
poco, pero enseguida volvió a escuchar el mismo ruido, esta vez provenía de del
cuarto de baño.
─
¿Eres tú, Víctor?
Se
dirigía hacia el baño, que estaba justo al lado de la cocina. Abrió la puerta,
que estaba entreabierta, despacio para poco a poco asomarse.
─
Víctor, espero que me perdones…
Pero
no había nadie. Y de nuevo el dichoso ruido de las pisadas, esta vez justo detrás
de ella.
─
¡No, no me pegues Víctor!
Se
fue volviendo lentamente con el corazón que luchaba por salir de aquel cuerpo.
─
Siento lo mal que me he portado…
Nadie.
Era de locos. Rosa María no podía más, iba con los vaqueros ajustados, llevaba
las llaves del coche en el bolsillo y las de casa estaban colgadas al lado de
la puerta. No se lo pensó, se dirigió hacia la puerta, creyendo que él iba a
saltar sobre ella en cualquier momento, cogió las llaves de casa y salió. Se
fue a por el coche que le esperaba fiel en el aparcamiento que había enfrente
para los residentes de esa zona. Subió, arrancó y salió de allí, callejeo por
el barrio hasta que enfiló la avenida Luis Buñuel. A mitad unos chavalillos
caminaban por la acera y al otro lado estaban los hermanos Oroel, de los cuales
se rumoreaba que se acostaban y que tenían hijos encerrados en un sótano. Reconoció
a uno de los chavales, era Noah. De nuevo escuchó el mismo ruido, esta vez en
el asiento de atrás.
─
¡Víctor, déjame en paz, ya me has machado bastante durante diez años! ─ dijo
volviéndose y apretando sin darse cuenta el acelerador.
Pero
no había nadie.
─
¡Cuidado, Étor!
Se
volvió hacia delante y frenó, pero no pudo evitar la colisión contra el pobre
muchacho y el posterior arrastre. Por fin el coche paró y sus ojos se llenaron
de lágrimas.
─
¡Dios! ─ lloraba ─ ¿qué he hecho?
Pudo
escuchar como se acercaba la policía y también la sirena de una ambulancia,
pero no pudo evitar desmayarse.
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