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martes, 30 de mayo de 2023

LOBO HUMANO

 

Ya llegaban al camping. Lo hacían en medio de un cielo cubierto de nubes negras que

amenazaban lluvia en cualquier momento. Marta, Leo, Fernando y su amigo Kiko, como le gustaba 

que le llamaran, estacionaban el todoterreno frente a la recepción y descendían del vehículo.

Marta Vallejo era la más joven del grupo, tenía dieciocho años, de estatura era más bien bajita, pues no pasaba del uno cincuenta y cinco, su cuerpo era delgado, aunque no esquelético, tampoco pesaba más de cincuenta y cuatro kilos. El pelo era la envidia de muchas chicas de su pueblo, pues el color era muy inusual al tenerlo idéntico al del chocolate, pero no todo acababa ahí, porque sus ojos, aunque llevara lentillas, eran un calco al de su cabello. Marta tenía una particularidad que muy pocos conocían, era bisexual.

-        ¡Qué frío hace! – dijo.

-        Claro – le contestó Leo – si te hubieses puesto más ropa, aparte de no tener los ojos de todos los tíos encima, tampoco tendrías frío.

En efecto, la chica solo llevaba unas ajustadas mallas moradas muy cincuenteras y una camiseta de tirantes negra, para terminar, se había puesto unas botas marrones y negras. Marta le sonrío, cogió una chaqueta morada que llevaba en la parte de atrás y se la puso.

-        ¿Mejor? – le dijo con cierta ironía.

-        Mucho mejor – les contestó ella sonriendo, no sin menos ironía.

Saltaba a la vista que Leonor Benítez, aunque no era la novia de Marta, estaba enamorada de ella, pero no era bisexual, era lesbiana. Ella misma decía que solamente lo había probado una vez con un hombre, y que no le hacía falta más veces. Tenía un carácter celoso y agrio con los hombres, sobre todo con Kiko, pues sabía que siempre estaba echando la caña a todas chicas fuesen lesbianas o no, pero suave y agradable con las chicas, sobre todo con Marta. Tenía veintidós años, medía cerca del metro ochenta, se podía decir que era la más alta de los cuatro, y además no pesaba más de setenta kilos. Tenía el pelo negro como una noche en alta montaña y unos ojos marrones claros que le conferían un rostro muy bello.

-        A nosotros no nos molesta cariño, puedes quitártela – le dijo sonriendo Kiko a Marta.

Francisco José Rubio, más conocido como Kiko, era todo lo que una chica que buscara una relación seria no quería. Su aspecto nunca lo había cuidado mucho y no iba a empezar ahora. Llevaba el pelo largo y poco arreglado, pero abundante. Era estirado, aunque no llegaba a la altura de Leo. El encanto de Kiko estribaba en su humor siempre excelente y en la labia que tenía. Ya había cumplido los veintiocho.

-        ¡Eh capullo! – le regañó Leo – esas idioteces te servirán con chicas desesperadas o que no se quieran, pero a ella no se las digas eso porque pasa de tu culo. Y no se llama cariño, tiene nombre.

-        ¿Estás segura? – le contestó este – quizá cuando terminé el fin de semana su orientación sexual sea distinta.

Leo se volvió hacia el chico como un resorte, pese a que era muy femenina, no le asustaba la confrontación con un hombre.

-        Ya vale – se metió Fernando mirando a Kiko – cállate la boca un rato, tío.

Fernando Robles no era el tipo más atractivo del mundo, pero su insistencia con las chicas y su experiencia, pues contaba con treinta años, le hacían tener algún que otro triunfo sonado. Físicamente era muy normal, un tipo de metro setenta y cinco, con sus setenta kilos más o menos, el pelo castaño y unos ojos verdes que el mismo Fernando pensaba que eran lo mejor de él. Usaba unas gafas modernas y que le daban un aspecto tremendamente intelectual, pero que él mismo no se consideraba. Casi siempre vestía con sencillos vaqueros y alguna camiseta, pues así se sentía cómodo.

-        Dejad de comportaros como críos y vamos a ver el número de parcela que tenemos, a ver si conseguimos montar las tiendas antes de que caiga el Diluvio Universal – les dijo Marta.

Los cuatro amigos llegaron hasta la ventanilla de recepción y vieron que el hombre estaba mirando la gente que tenían alojada, si el libro de registros era de ese día, solo había una caravana instalada. Ese hombre ya era mayor, no anciano, pero si tendría unos sesenta años, era delgado pero no muy alto, tenía toda la pinta de estar amargado. Leo se adelantó a los demás.

-        Oiga, llamamos el miércoles para revesar plaza.

El hombre levantó la vista y miro a las dos chicas que tenía frente a él.

-        ¿Cómo te llamas?

-        Leonor Benítez.

Rebuscó por unos papeles que tenía en un archivador y después de un minuto más o menos, sacó un papel con el nombre de Leo, después volvió a mirar a las dos mujeres.

-        ¿Qué va a ser?

-        ¿Perdón? – dijo Leonor

-        ¿Cuántas cosas lleváis?

-        ¡Ah! – la muchacha le sonrío – cuatro adultos, dos tiendas y un coche.

-        Solo tenemos una parcela que está ocupada, de las demás podéis elegir la que queráis – después miró a los dos chicos – y vosotros a ver que vais a hacer con ellas, no quiero escándalos.

-        Oiga – le dijo Leo mirándolo – no se meta en lo que no le importa.

El hombre las siguió con la mirada mientras los jóvenes se metían de nuevo al coche, saludaban al viejo y se perdían en el interior del camping.

-        Este es buen sitio, no está cerca del baño, pero tampoco en la otra punta – anunció Marta.

-        ¿Esta te gusta, cielo? – le dijo su amiga – pues aquí nos quedamos.

-        Me encanta como cuentan con nosotros – se quejó Kiko.

Entre los cuatro montaron las dos tiendas y prepararon todo para echarse a dormir, pese a que todavía eran las doce de la mañana. Después las chicas entraron en su tienda y cuando salieron lo hicieron con una camiseta de tirantes y debajo un pantalón corto, pues una vez acostumbradas al nuevo clima, ya no tenían tanto frío.

-        ¿Te has dado cuenta, tío? – le dijo Kiko a su amigo – salen los dos iguales, están todo buenas.

-        Ya lo veo Kiko, muy buenas – le contestó mientras se chocaban la mano.

-        Deja de mirarme embobado – le decía Leo – y empieza a asumir que no me vas a catar, te harías un favor.

Pero esta vez, Leo se equivocaba. Kiko miraba más allá de ella, hacia la única caravana del camping.

-        No te miro a ti preciosa – dijo mientras señalaba con la cabeza – una mujer realmente guapa.

La mujer tendía la ropa en unas cuerdas situadas en la ventanilla de la parte de atrás de la caravana. Era alta y aunque todavía se conservaba delgada, se le notaba que era cuarentona. Estaba en bikini haciendo las tareas de la caravana. Su melena rubia ondeaba al poco viento que se movía, aunque enseguida terminó y se metió de nuevo en la caravana.

-        Diez euros a que se la tira – les dijo Fernando a Marta y Leo.

-        Te acepto la apuesta – le contesto Marta – pero yo digo que no.

-        ¡Hombres! – dejó caer Leo, para acto seguido mirar a Marta – y tú también, sois todos iguales. Vamos a comer anda.

A las cuatro de la tarde, ya habían comido e incluso se habían quedado un rato traspuestos en las hamacas, por fin abrieron los ojos y Fernando fue el primero en levantarse. Los otros tres le siguieron.

-        ¿Qué hacemos esta tarde? – preguntó Marta.

-        Yo me acercaré hasta la caravana, después de darme una ducha, a ver quién es esa mujer – les informó Kiko.

-        Yo casi me voy a ir a duchar – le dijo Leo cogiendo su neceser y ropa interior para cambiarse.

-        Si me esperas voy yo también – le dijo Marta.

-        Claro.

-        ¿Y tú que vas a hacer? – le preguntó Marta a Fernando.

-        Ya me lo pensaré – le contestó este – y cuando se me ocurra algo voy a la ducha y te lo digo.

-        Pues si tardas, igual tengo que ducharme con Leo.

Las dos chicas se rieron. En realidad, el chico si pensaba ir y probar ¿Qué podía pasar, que le dijeran que no? Tampoco sería la primera vez, así que dejo que se alejaran un poco.

-        ¡Eh, tío! Mira lo que he traído.

Kiko sacó de un bolsillo una bolsita de dos gramos de speed, se adentró en la tienda, extendió una generosa cantidad en uno de platos de plástico y empezó a hacer dos buenas rayas, Recogió la droga, se metió la suya y señaló a su amigo para que fuera. Fernando se adentró en la tienda y se metió la suya.

-        Gracias, tío. Es lo que necesitaba para ir a ver a Marta a la ducha ¿te he dicho alguna vez que te quiero? ─ dijo soltándole un buen pico en la boca.

-        Si me das la mitad de lo que me ha costado estaría bien ─  después miró a su amigo    pero con el beso que me has dado, te lo perdono, cariño.

-        No me llamo cariño, tengo nombre ─ le contestó.

Y se echaron a reír.

Después de la ducha, Kiko había llegado hasta la caravana de donde había salido la mujer, no sin escuchar a las chicas desde el baño de hombres, pues en el techo había un conducto de ventilación abierto, algún gemido suave, para después oírse un portazo y a los dos minutos escuchar más gemidos y algún grito de Marta. Seguramente sería su imaginación, así que no pensó más en el tema. Lo que no había sido su imaginación era el grito de una chica llamando a su padre, pero eso a él no le incumbía. Llamó a la puerta y a los pocos segundos abrió la mujer, con el bikini que llevaba hacía un rato y cara de aburrida.

-        Hola – le dijo - ¿qué deseas?

-        Si me abres así, conocerte – le dijo Kiko con total osadía.

A ella se le dibujó una pequeña sonrisa en la cara, pero pronto se le quitó y bajó los dos escalones de la caravana.

-        Tú eres uno de los chicos que han llegado antes ¿no es cierto?

-        Si.

La mujer no dejaba de mirar hacia los servicios, Kiko se dio cuenta.

-        ¿Esperas a alguien?

-        Mi marido ha ido a duchar a mi hija la pequeña y la mayor ha ido a ducharse también- se quedó mirando a Kiko.

-        ¿Estás casada? ─ dijo como si le importara.

-        Si, anda vete antes de que venga mi marido ─ le dijo ella ─ ¿Qué edad tienes tu?

-        Veintiocho ¿y tú? ¡Espera, no me lo digas! ¿Treinta y cinco?

-        Yo tengo cuarenta y dos.

-        ¡Caramba! ¿Quién lo diría?

La mujer, ahora sí, sonrío de verdad.

-        Me llamo Carla.

-        Yo me llamo Kiko.

-        Entra – dijo echando un nuevo vistazo hacia la zona del baño.

Kiko subió, la mujer le acompañó y una vez dentro se dio la vuelta para cerrar con el pestillo. Fue ese momento el que aprovechó Kiko para plantarle las manos en el trasero, darle la vuelta y pegarse a su cuerpo, pero ella trató de apartarlo.

-        ¡No! Mi marido y mis hijas no tardarán en llegar.

-        Venga va – dijo cogiéndola de los glúteos y sentándola en la mesa más firme que pudo ver.

-        Mira Kiko, mi marido es el padre de mis hijas y no quiero…no quiero…no…no…

Mientras Carla tartamudeaba, él le quitaba la parte superior del bikini, de una forma nada habitual. Ella, en un intento por agarrarse, apoyó sus manos en lo primero que vio y eso fue la barra de la cortinilla del ventanuco. Unos segundos después la cortinilla, con la barra y algunos libros cercanos, estaban por el suelo, mientras Carla seguía agitándose.

-        Mi fami…mi familia…no tarda…ra ¡Joder!

Él no le hizo ningún caso, su objetivo era calmarla.

 

Fernando cogió sus cosas, las chicas ya se habían ido a la ducha y Kiko también, así no metería las narices en ese asunto. Cogió su kit de ducha y salió hacia los servicios. Cuando llegó a la bifurcación de la puerta femenina con la masculina, miró a en todas direcciones. Nadie. Así que entró en el de las chicas.

Unos baños espaciosos, limpios, con cinco duchas, cinco lavabos y cinco urinarios, le dieron la bienvenida. Cuando levantó la cabeza vio a una chica de unos quince o dieciséis años mirándole. La chica era realmente guapa. Estaba acicalándose delante del espejo, con un conjunto muy mono de ropa interior, ni se inmuto a pesar de la presencia de un chico. Era pelirroja natural, con el pelo cayéndole en cascada por la espalda, sus ojos azules le daban un aspecto de lo más interesante y todo eso sin contar su cuerpo delgado y atlético.

Ambos se quedaron mirando:

-        Hola – dijo la joven susurrando – me llamo Paula ¿y tú?

-        Fernando – le contesto también en voz baja por si le escuchaban Leo y Marta.

-        No te preocupes, no voy a decir nada. Aunque me gustaría que ahora entrase mi padre, haríamos como que estábamos enrollados y se pondría hecho una furia.

La chica era muy lanzada, tenía cuentas pendientes con su padre o estaba como una regadera, pero no iba a hacer el tonto con una cría, y menos si el padre estaba cerca. Su objetivo era meterse en la ducha con Marta, así que trató de quitársela de encima.

-        Paula, si quieres hablamos más tarde, pero he venido para…

-        Sé para qué has venido - dijo ella mirando hacia la única ducha donde se escuchaba el agua y algún leve gemido – están ahí y no se han debido dar cuenta de que estás.

-        Creo que te confundes, una de esas chicas es les…

La chica se acercó a Fernando sin ningún miramiento y se pegó a su cuerpo para decirle al oído…

-        Sígueme el juego, pero después me cuentas lo que les vayas a hacer.

Él estaba estupefacto, ella se fue hacia la puerta de los lavabos, luego se volvió hacia el interior y gritó a pleno pulmón:

-        ¡Papa, hay un chico en las duchas de las chicas! ¡Papa ven!

Fernando llamó a la puerta donde estaban sus amigas y Marta abrió, sin esperar a explicar nada, se metió con ellas y cerró con cerrojo. Las dos mujeres se quedaron alucinadas mientras se tapaban sus partes nobles.

-        ¿Qué haces aquí? – le dijo Leo- sal, vamos.

-        Dejadme estar aquí, la cría esa está llamando a su padre y paso de que me vea.

-        Haberlo pensado antes de enrollarte con ella, vamos sal ─ se impacientaba Leo.

-        Déjalo, Leo – se metió Marta – y nosotras vamos a seguir a lo nuestro.

Muy reticente, Leo se pegó al cuerpo de su amiga y siguieron besándose ante la mirada de Fernando, que solo llevaba el bóxer. Conforme las dos chicas iban sintiéndose más a gusto, olvidaron que su amigo estaba allí con ellas y empezaron a morderse los labios, con insistencia, pero suavidad. Mientras tanto, su amigo colgaba su toalla y sonreía. Las dos chicas seguían sus juegos de besos hasta que Marta notó una mano en su trasero. En principio pensó que era de Leo, pero al darse cuenta de que las manos de ella estaban alrededor de su cuello, volvió la cabeza. En efecto, confirmó que eran las de Fernando que se había unido a la fiesta y estaba tocándole el culo, mientras se pegaba a su amiga. Estiró la otra mano y empezó a tocarle las nalgas a Leo, pero está se volvió hacia él:

-        Tranquilito, tocar es más caro.

Pero él, curtido en decenas de batallas sexuales, no le hizo el menor caso, y cuando terminó ella de decirle esas pocas palabras, se separó de Marta para poner sus dos manos en los pechos de Leo y después apoyarla en la pared. Llevada por el frenesí de la situación, ella se dejó hacer y por eso, enseguida vinieron los besos en las respectivas bocas. Tan juntos estaban que sus cuerpos parecían fusionados. Marta empezó a impacientarse, y por primera vez aparecieron los celos.

-        Ya vale Leo, me toca a mí.

La mujer siguió sin hacer el menor caso de ella, tampoco él le hacía caso, se iba a quitar el bóxer, ya mojado por el agua y empezó a buscar la vagina de Leo, pero esta le paró.

-        No, corazón. No te quites eso que no la vas a meter.  

-        ¿Por qué?

-        Porque no me gustan los tíos, ni los listillos ─ le decía ella mientras el seguía pegado a su cuerpo.

-        Pues nada ─ dijo Fernando separándose de Leo ─ luego volvemos.

-        Ni lo sueñes, esto no volverá a pasar.

-        Ya veremos – dijo Fernando sonriendo – ya veremos.

-        No hemos quedado satisfechos ninguno de los tres ─ dijo Marta.

Abrieron la puerta y se encontraron con Paula. Ninguno de los tres esperaba que estuviese ahí, por lo visto se había quedado escuchando detrás de la puerta. Ni tan siquiera se había molestado en vestirse. Fernando se fijó y pudo comprobar que los pezones se le estaban marcando en su sostén.

-        Hola Fernando – dijo la niña con una sonrisa – ¿te quedas conmigo?

Él miró a sus amigas que lo miraron estupefactas.

-        Dejadnos solos – dijo a sus amigas mientras miraba a Paula.

-        Qué la disfrutes – dijo Leo mientras salía por la puerta con Marta.

Cuando se quedaron solos, él se acercó a Paula mirándole la boca, pero ella sonrió.

-        ¿Qué les has hecho? Cuéntame los detalles. Es que las escuchaba gemir y me excitaba hasta yo.

Se acercó más a ella sin decirle nada, solo miraba su boca, y por fin se abalanzó sobre ella y empezó a besarla. Paula ni siquiera se molestó en apartarse, primero le entregó sus labios y después se entregó ella. Él la levantó para sentarla en el lavabo mientras seguían besándose sus respectivas bocas y le quitó el sujetador mientras la seguía besando, casi al momento escuchó unos pasos en el servicio y cuando levantó la cabeza ya era demasiado tarde. El padre de la chica estaba de pie en la puerta, mirando lo que aquel hombre le hacía a su hija. Llevaba a su hija pequeña de la mano, la cual también miraba, más divertida que preocupada.

-        ¿Qué hace ese señor con Paula? – dijo la niña.

-        ¡Suéltala! – dijo el hombre haciendo caso omiso del comentario de su hija – y aléjate de ella.

Estaba fuerte, su padre estaba hecho un toro. No tenía grasa y se le veía rápido, Fernando pensó que, si le pillaba, lo dejaría para alfombra.

Paula bajó de un gracioso saltito al suelo se puso la camiseta y haciendo gala de una frialdad increíble, se atusó el pelo delante del espejo. Recogió sus cosas y cuando pasó al lado de Fernando le lanzó una mirada de complicidad. Después fue hacia su padre, lo aparto unos centímetros mientras disimulaba abrazándolo y el chico aprovechó ese instante para salir corriendo. El hombre salió detrás de él, pero Fernando, que también era rápido, ya estaba subiendo por el sendero que había detrás de la caravana. Había pasado por al lado a toda velocidad, aun así, le había parecido oír a alguien hablar a susurros tanto de mujer como de hombre ¿Kiko? Tenía que ser, porque el marido estaba persiguiéndolo a él. Empezó a subir por el sendero que había detrás de la caravana hasta que llegó a un llano, en el cual un prado muy verde era acompañado por 3 bancos de piedra, en plan merendero. El padre de Paula ya no le seguía y se sentó en uno de los bancos para descansar y pensar en cómo volver sin ser visto, cuando un gruñido poco amistoso sonó detrás de él.

 

Kiko y Carla todavía seguían en la mesa donde acababan de terminar de hacer el amor. La mujer se incorporó todo lo que el peso del cuerpo de su amante le permitió. Y escuchó.

-        Algo está pasando ahí fuera – le dijo susurrando.

-        Pues que se vayan todos al infierno.

-        ¡No! Alguien viene, y es muy probable que sea mi marido o mi hija.

-        ¡Hostias! – juró mientras se subía la ropa rápidamente.

Alguien había pasado rápidamente por detrás de la caravana y tomaba el sendero. Al minuto llegaba alguien jadeando y se paraba justo en la puerta. Después llegaba Paula.

-        Muy bonito papá, sales corriendo detrás de él y dejas a Lucía sola en el baño.

-        Tengo que coger a ese cabrón.

-        ¡Papá, no me ha hecho nada!

-        ¡Pero iba a hacerlo!

Carla se puso su dedo índice en la boca mientras miraba a Kiko, después se acercó a su oído y le dijo muy despacio.

-        Ahora salgo yo, entre la puerta y yo taparemos su visión, aprovecha ese momento.

Kiko, pese a lo vacilón que era, tragó saliva. Carla abrió la puerta y se puso a continuación de ella, como si fuera la prolongación de un camino.

-        ¿Qué pasa cariño?

-        Uno de los chicos que han venido esta mañana, estaba…no sé qué le hacía, pero estaba con Paula y ella estaba en bragas ¡Joder!

-        ¡No es para tanto, mamá!

¿Pero qué había hecho Fernando? Ahora mismo no podía preocuparse de ello, mientras Carla conversaba con su hija y su marido, Kiko salió de la caravana y se fue camping abajo.

 

Un lobo enorme estaba mostrándole los colmillos, mientras se acercaba poco a poco. ¿Qué podía hacer? Si echaba a correr era pan comido, si gritaba pidiendo ayuda también le iría mal, la única solución que se le ocurrió fue quedarse lo más quieto posible a ver si al lobo le daba por largarse de allí. Y dicho eso echó un paso hacia atrás con tan mala suerte que se trastabilló con sus propios pies y cayó al suelo de manera brusca. Lo último de lo que se dio cuenta fue que tenía al animal encima mordiéndole el brazo que utilizaba para proteger sus partes íntimas, después se desmayó.

Cuando despertó ya estaba anocheciendo, no sabía cuánto tiempo había estado desmayado, Fernando intuía que tres o cuatro horas seguro. Poco a poco se fue levantando, y entonces empezó a dolerle, se miró el brazo y vio todas dentelladas marcadas, había salido sangre, pero inexplicablemente se había cortado.  Buscó el sendero para volver con sus amigos, pero se paró en seco, el lobo seguía sentado ahí, menos expectante, pero mirándolo atentamente. De nuevo, el chico se estuvo quieto, pero cuando el lobo se levantó se dio cuenta de que no llevaba el pelaje erizado, síntoma de que no iba a hacerle daño. El animal se acercó a él, olisqueó la herida del brazo y empezó a lamérselo. A continuación, y para asombró del chico, la herida comenzó a cicatrizar.

-        ¿Cómo es posible?

De nuevo se miró el brazo para asegurarse, y sí, estaba curándose. Miró al cánido y poco a poco acercó la mano que tenía libre a su lomo para acariciárselo. El animal no hizo ningún movimiento extraño y siguió lamiéndole el brazo. Cuando terminó, miró a Fernando y después salió corriendo hacia la noche oscura.

-        ¡Fernando!

Levantó la cabeza y escuchó, como si estuvieran ahí mismo, la voz de sus amigos al llamarle ¿cómo era posible? Sus orejas habían mutado, ahora eran puntiagudas, aunque lógicamente él no lo sabía. Más sorprendido se quedó cuando al focalizar la vista vio que era perfecta, era casi de noche oscura, pero que cojones, veía como si tuviese al maldito sol encima de él. Escuchaba y veía a los animales nocturnos moverse entre las sombras ¿qué le había hecho ese lobo?

-        ¡Fernando!

De nuevo como si Marta, que era la que le había llamado, estuviera a su lado. Ya era hora de volver, así que se puso a caminar hacia el camping, notándose ligero y con ganas de comerse el mundo.

 

-        ¿Dónde coño se habrá metido? – decía Marta mirando a todos lados.

-        Está claro lo que ha pasado, se estaba tirando a la nena y los pilló su padre, y claro, ha salido por piernas – dijo Leo señalando hacia la caravana de la familia.

El padre estaba mirando hacia todos lados, ahora había cogido un trozo de madera de un metro y esperaba que Fernando apareciese, mientras Paula jugaba con su hermana tirándose las dos por el césped de su parcela. Carla ponía la mesa y de vez en cuando lanzaba miradas a Kiko, el cual hacía un rato que ya había vuelto con las chicas.

-        Pues sí que es listo, si – dijo Kiko mientras miraba hacia Paula.

-        Sí que es listo si – repitió Leo – ahora ya puede ir con veinte ojos, precisamente por listo.

Por el sendero, tranquilo como nunca, apareció Fernando, sin esconderse, caminaba hacia la tienda de sus amigos de manera despreocupada, hasta que el padre de Paula lo vio y fue hacia él. Sus tres amigos se levantaron y también se acercaron.

-        ¡Tú! ¿Qué le has hecho a mi hija? ¡Es una niña! – le dijo blandiendo el trozo de madera a escasos centímetros de su rostro.

-        Pero ¿es que todos de tu familia preguntáis siempre que le hacemos a la gente? Paula me lo ha preguntado antes…de que entrarás y nos amargaras la fiesta -- le contestó mientras sus amigos llegaban.

-        ¿Qué pasa? – dijo Kiko empujando al hombre.

-        Eres un chulo porque están aquí tus amiguitos ¿eh? – le dijo haciendo caso omiso del empujón.

También Paula llegó donde estaba la discusión.

-        Olvídame ─ le dijo mientras miraba a Paula y le salía algún gruñido

-         ¿Y por qué gruñes cuando hablas?

-        No me hacen falta mis amigos para despellejarte vivo. Y gruño si me sale de los cojones.

Esas fueron las palabras mágicas para que todo se desencadenara, el hombre quiso agredir a Fernando con el pedazo de madera, pero este, increíblemente rápido, esquivó el golpe y le quitó la madera sin mucho esfuerzo, después levantó al hombre del suelo cogiéndolo del cuello.

-        Me follaré a tu hija cuando me de la gana – le dijo con un revuelto de gruñidos, palabras y bufidos.

Después, ante el asombro de todos los presentes, lo lanzó hacia su propia caravana, al estrellarse rompió el cristal del ventanuco y las cuerdas que sujetaban la ropa tendida, mientras el hombre se retorcía mirándose todos los cortes que llevaba. Miró a todos, especialmente a Paula, que estaba alucinada, y se fue hacia su tienda de campaña.   

 

-        Tío ¿de dónde has sacado tanta fuerza? – le dijo Kiko.

Fernando se levantó visiblemente nervioso, miraba a sus amigos, y se miraba a sí mismo. Solo Marta se dio cuenta del origen de sus nervios.

-        ¿Por qué te ha salido tanto pelo? – le preguntó.

-        No lo sé, tampoco entiendo porque gruño cuando hablo.

-        ¿Te estás convirtiendo en hombre lobo? – le dijo Kiko de medio cachondeo.

-        Deja de decir estupideces – le dijo Marta.

-        Antes, en el prado de arriba, me mordió un lobo. No es broma.

Más gruñidos.

-        El lobo me mordió en el brazo y me desmayé. Cuando he despertado me he dado cuenta de varias cosas, genéticamente soy casi perfecto. Tengo la visión de un lobo, su olfato, su vista, su oído, su velocidad y su fuerza. La herida que el mismo animal me hizo en el brazo, la curó lamiéndome, así que igual no es ninguna estupidez lo de convertirme en hombre lobo – después se quedó mirando a sus amigos y se quitó la camiseta- ¿lo veis?

Su torso, igual que sus brazos y piernas, estaba cubierto de pelos.

-        Tenemos que buscar un médico – soltó Marta – y sin excusas.

-        Pero déjame darme una ducha antes, el lobo me ha dejado lleno de babas.

-        Está bien. Cinco minutos mientras sacó el coche – dijo Marta.

Fernando se fue solo hacia la ducha, pasando por la caravana pudo escuchar como Paula y su padre discutían.

-        Dime ¿qué te ha hecho?

-        ¿Otra vez? Nada papá, solo besarme.

-        ¿No ves que tiene pinta de ser un pederasta?

-        ¡No exageres!

De nuevo se sintió furioso ¿un pederasta? Eso no se lo iba a perdonar, una furia muy poderosa se fue apoderando de él mientras se metía en el baño de hombres. Una furia tan brutal que cuando se miró al espejo no se reconoció, solo vio un lobo que caminaba como un hombre. Trato de hablar, pero de su boca solo salían gruñidos, medio loco empezó a gruñir más fuerte, mientras daba puñetazos a los cristales y estos cedían ante semejante demostración de fortaleza.

 

Leo y Marta, habían ido sacando el coche, mientras Kiko recogía algunas cosas dentro de las tiendas, pues les daba la impresión de que la noche iba a ser larga y no por estar de fiesta. Estacionaron frente a la ventana de recepción donde el viejo las miraba cada vez que pasaban, después entraron al baño de los chicos y vieron el desastre, la ropa de Fernando en un rincón, cristales por todos lados, lavabos rotos y las puertas rasgadas por unas uñas extremadamente afiladas. Algo andaba muy mal, pero ni Marta ni Leo se imaginaban hasta qué punto.

 

Fernando, que ya tenía poco de él mismo, se levantó cubierto de pelo, la musculatura estaba totalmente marcada. Se asomó a la calle y agudizó el oído. De la caravana de Paula salía el sonido de una televisión, la respiración de alguien que estaba durmiendo y las hojas pasar de un libro. Un poco menos nítido le llegaba la voz de Kiko maldiciendo por estar como estaba. Por otro lado, el motor de un coche paraba y alguien descendía. Por fin se decidió y salió en dirección a la parcela que tenían alquilada, donde estaba su amigo.

-        ¡Maldito capullo! – decía Kiko en voz alta – mira que decir que le ha atacado un lobo…

Algo gruñó detrás de él, salió de la tienda de espaldas y cuando volvió la cabeza se encontró a Fernando, pero no al chico que era su amigo, si no un lobo enorme.

-        ¡Joder!

El animal le asestó un zarpazo, marcándole la cara. Kiko se quedó aturdido, aunque por desgracia para él no se desmayó, pues el cánido le abrió en canal y empezó a sacarle las tripas mientras se las llevaba a la boca.

 

Vicente estaba viendo el televisor, en un sofá de la caravana se encontraba Paula leyendo una novela, Carla ya había acostado a la pequeña Lucía y se había puesto a ver la televisión.

Vicente era un tipo celoso por naturaleza, de no ser por la edad y por la orientación sexual de Leo, habrían sido la pareja perfecta. Era alto y además estaba fuerte, de ir al gimnasio. El pelo lo había perdido casi todo y siempre vestía con sandalias, pantalón corto con bolsillos a los lados y camiseta, cuando se iba de vacaciones. El hombre era autoritario hasta con su hija mayor, a la que no le quitaba el ojo de encima.

-        Paula, no quiero que vayas sola por el camping, no me fío de ese tío.

-        Mira que eres pesado – le contestó su hija.

-        ¡No!  ¡Déjate de tonterías, no quiero que salgas de la caravana!

-        ¡Pues tienes un problema, porque tengo que ir al baño!

-        Pues iré contigo.

-        ¡No! No vienes conmigo – le contestó Paula levantándose enfadada.

-        Vais a despertar a Lucía – les dijo Carla.

-        Me voy al baño – les dijo Paula.

Vicente se levantó para acompañarle, pero Carla le paró los pies.

-        Haz las cosas bien, si no te fías de ese chico, no seas tan claro, ya voy yo a acompañarla, estará vigilada y no se sentirá humillada.

-        Tienes razón. Anda corre.

La mujer salió de la caravana tras los pasos de su hija, Vicente se quedó mirando la tele, aunque duró poco, se levantó y apartó la cortina de la ventanilla. Miró hacia la oscuridad en el momento que justamente, pasaba alguien rápidamente. Sería el pederasta. Antes le había sorprendido, pero si ahora no estaban sus amigos le daría una buena tunda. Rápidamente abrió la puerta de la caravana, pero todo estaba tranquilo, a lo lejos vio como Carla llegaba a los servicios, pero nada más, volvió la vista hacia las tiendas de los jóvenes pero todo estaba tranquilo, parecía que no estaban. Volvió de nuevo la cabeza hacia los servicios.

-        ¡Hostia!

No era el chico, sino un lobo enorme caminando sobre dos patas ¿qué coño era eso? No pudo contestarse, el lobo lo cogió del cuello, lo levantó y lo lanzó violentamente contra el suelo, algunos huesos se rompieron, pero el animal no había acabado con él. Lo volvió a levantar con una furia incontrolable y esta vez le retorció el cuello, más ruidos de huesos rotos y la cabeza colgando fue suficiente para que Vicente muriese. El cánido echó un vistazo al interior de la caravana, alguien dormía, pero entonces escuchó a Paula hablar con su madre y a ella contestarle y decidió ir a por ellas.

 

Las dos chicas se dirigieron de nuevo hacia recepción, el hombre estaba mirando una revista pornográfica que ni siquiera se molestó en esconder cuando Marta y su novia se asomaron.

-        Oiga – empezó Marta – tenemos un problema.

-        ¿Qué os pasa? ¿Vuestros amigos se han hecho maricas? – dijo echándose a reír y mostrando unos dientes amarillentos y rotos.

-        ¡Joder, esto va en serio! – le dijo Marta – a uno de nuestros amigos le ha mordido un lobo.

-        ¿Un lobo? ¿Te crees que los lobos bajan hasta el camping para morder a la gente y luego irse? – el hombre se puso de pie – si un lobo ataca a un humano, lo mata.

Se volvió a sentar y después añadió:

-        Además, los malditos cazadores furtivos han conseguido que los pocos que quedan por aquí no se les pueda ver ni con prismáticos.

-        ¡Oiga! – le dijo Marta – ¡le estamos diciendo la verdad!

Y entonces, como si en la lejanía lo hubiese escuchado, los tres oyeron el grito agonizante de una chica. El hombre se levantó y con la agilidad que sus maltratadas piernas le dejaron, trato de seguir el ritmo de Marta y Leo mientras se dirigían al baño.

 

Paula ya había llegado al baño. Odiaba a su padre con todas sus fuerzas, estaba buscando meterse en uno de los retretes, cuando unos pasos detrás de ella hicieron que se volviese un pelín asustada, pero era su madre, que entraba en ese momento.

-        ¿Te ha mandado él? – le dijo su hija, molesta.

-        No hija – ya sabes que yo no soy como tu padre, pero ¿ese chico te forzó?

-        ¡Mamá! No me hizo nada.

-        Vale hija, confío en ti.

-        Ahora salgo – luego se quedó mirando a su madre – anda espérame si quieres, no me importa.

La chica se sentó en el retrete y se quedó pensativa, realmente su madre no era como su padre y si había ido era porque estaba preocupada, así que no debería haberle hablado en ese tono.

-        ¡Mamá! – perdona, no quería hablarte de ese modo, incluso sé que papá no es malo, pero es que me saca de mis casillas que siempre este vigilándome.

Paula guardo un momento de silencio, un elenco de pequeños gritos acompañados de gemidos, gruñidos y jadeos hicieron acto de presencia en el baño.

-        ¿Mamá? ¿Estás bien?

Más gruñidos, gritos y forcejeos. Un segundo después una extraña calma reinaba en el cuarto de baño. Paula se subió el tanga, el pantalón corto y se puso de pie. Otro segundo después un enorme lobo de dos patas tiraba la puerta abajo a base de zarpazos y puñetazos. La chica no podía soltar un grito, se había quedado absorta mirado al lobo. El animal la cogió con una mano y la lanzó a los lavabos. Paula se dio en la cabeza y dejó un punto de sangre, aunque todavía era consciente. El lobo volvió a por ella para agarrarla otra vez, rasgó su ropa, pero la chica se aferró a su fornida lomera, aunque no pudo evitar que la volviera a golpear contra los lavabos, dejando todavía más sangre. Ante semejante zarandeo, Paula miró hacia abajo y pudo y ver que detrás del animal la cabeza de su madre la miraba desde unos ojos sin vida. Eso era demasiado, la chica iba a desmayarse, pero aun sacó fuerzas de flaqueza para lanzar un tremendo grito, acto seguido, el cánido la miró y de un zarpazo le arrancó la cabeza que se fue rodando hasta donde estaba la de Carla.

 

Marta, Leo y el hombre de recepción, que se llamaba Bernardo, llegaron al cuarto de baño, y lo primero que vieron fueron los cuerpos decapitados de Paula y su madre. Marta se acercó hasta el cuerpo de la chica y se quedó mirándola.

-        ¿Qué has hecho Fernando? La has violado.

-        No es él, es un hombre lobo – le dijo Leo.

-        ¡Los hombres lobo no violan a las mujeres antes, joder!

-        Pues no lo sé, pero es probable que eso ─dijo señalando hacia sus partes íntimas ─ también se desarrollara en él.

-        Yo que vosotras – dijo Bernardo – me iría a poner ropa.

-        Voy a la caravana, traeré a Kiko y algo de ropa, aunque no creo que sirva de nada. Vosotros quedaros aquí y si viene esconderos donde podáis – les dijo Leo – eso sí, no hagáis nada de ruido porque si no él os encontrará.

Leo se acercó a Marta y la besó, no era la primera vez, Bernardo se quedó mirándolas, quizá si conseguía que ellas saliesen con vida, podría…

-        Vuelvo enseguida – les dijo Leo.

Bernardo se quedó mirando a Marta, la mirada era lasciva, pero sabía que se estaban jugando la vida, así que le preguntó.

-        ¿Qué hacemos hasta que venga?

-        Escondernos en uno de los retretes –le dijo Marta – pero ni respire.

Los dos se metieron en el segundo excusado y cerraron la puerta. El espacio era reducido y ambos tenían que estar muy apretados. Bernardo miraba a Marta, la cual empezaba a sentirse incomoda, pero ansiosa por sobrevivir decidió callarse y esperar.

 

Leo miró a todos lados antes de salir, no parecía haber lobos en la costa, así que, aprovechando sus largas piernas, corriendo hacia la parcela donde estaban instalados. La muchacha pasó por la caravana de la mermada familia, sin darse cuenta del cadáver que había en la puerta de esta. Conforme se acercaba a su tienda vio un bulto grande en el suelo, y contra más cerca estaba, la mancha roja crecía, entonces Leo lo tuvo todo claro. Kiko ya estaba muerto y con las tripas, o lo que quedaba de ellas, en el suelo. Hizo ademán de vomitar, aunque pudo contenerse. Cuando se recompuso, buscó rápidamente ropa para las dos y de nuevo salió corriendo hacia los servicios. A su paso por la caravana se detuvo en seco, ahora sí, había visto el cadáver de un hombre, el padre de la niña que había querido agredir a Fernando. De nuevo salió corriendo hacía los baños, sin darse cuenta de que en el interior de la caravana, Lucía estaba despertándose.

 

Bernardo ya se cansaba de esperar, le daba igual irse y dejar a las chicas ahí, pero empezaba a ponerse nervioso de verdad, y por eso empezó a revolverse.

-        Estese quieto – le dijo la chica susurrando.

-        No, me largo de aquí.

El viejo trató de abrirse paso hacia la puerta, pero Marta no estaba dispuesta a que el lobo la encontrase, así que se fue a ponerse entre la puerta y el abuelo, para que no saliese. Y cuando prácticamente lo había conseguido sin hacer mucho ruido, los tirantes de la camiseta no aguantaron tanto movimiento y bajaron hasta la altura del pecho, dejando el sujetador a la vista de Bernardo. Marta descubrió con horror porque el hombre estaba mirándola casi embobado. Los pezones se le estaban marcando claramente.

-        Si te vas a poner así, entonces me quedo – dijo sin cuidado alguno.

-        Estese calladito.

Pero él hacía tiempo que no veía el torso de una mujer joven y no aguantó. Alargó las manos y las pasó por encima de los senos de ella, que se quedó mirándolo, hasta que reaccionó.

 

-        ¡Marta! – dijo Leo en un leve susurró mientras entraba de nuevo al servicio.

Nadie contestó. Aunque si escuchó como alguien se movía y después una pequeña conversación.

-        Si te vas a poner así, entonces me quedo.

-        Estese calladito.

 Se acercó donde provenían las voces de su amiga y el viejo, el cual no tenía ningún cuidado con el volumen de su voz.

-        ¡Marta! – dijo un pelín más fuerte.

La chica escuchó una serie de roces que tenían pinta de ser hechos con las manos. Ya iba a abrir la puerta, cuando esta la sorprendió y se abrió de un portazo. Marta salió en dirección a la puerta, ni siquiera había visto a Leo. Bernardo se estuvo quieto en el sitio.

-        No gritéis – dijo Leo susurrando.

Se habían despistado y alguno iba a pagarlo caro. El lobo se hallaba detrás de Leo, miraba a los tres sin reconocer a ninguno de ellos y fijó su mirada en el viejo encargado del camping. Lo levantó sin esfuerzo, lo sacó al centro del baño mientras el hombre gritaba desesperado y después le dio con la cabeza en la pila de uno de los lavabos, la sangre salpicó por todos lados y un segundo golpe apareció de inmediato, un tercero y un cuarto hasta que Bernardo ya estaba totalmente inmóvil, después, la bestia en la que se había convertido Fernando soltó el cuerpo del viejo y se volvió para observar a Leo, la cual se había quedado inmóvil. Acercó su cabeza a la de la muchacha y soltó un bufido, ella seguía totalmente quieta, aunque muerta de miedo. El animal cogió a Leo con una mano y la sentó sobre la pila de uno de los lavabos y le hizo jirones la ropa. Lo mismo que había hecho con Paula, le golpeó contra los espejos y lavabos con tanta furia como a Bernardo, solo que el espejo que había encima de ella se rompió, con tal mala suerte que un par de cristales le cayeron encima, uno en el pecho izquierdo y otro en el cuello. La sangre ya estaba recorriéndole todo el cuerpo, pero como luchadora que era, con las últimas fuerzas que le quedaban, cogió uno de los trozos más grandes del espejo y le asestó varias puñaladas a la bestia, que le hicieron sangrar. El lobo gritó, levantó el puño y empezó a asestarle golpes a Leo mientras más sangre de ella se desparramaba y poco a poco su hermoso rostro se desfiguraba para acabar muriendo.

 

Marta había salido corriendo sin que el cánido se diese cuenta.  Por Leo ya no podía hacer nada, así que había aprovechado ese momento para largarse de allí, solo tendría una posibilidad. Se metió la mano al bolsillo y sacó su teléfono móvil, hasta ahora no se había dado cuenta de que lo llevaba, pues con tanta tensión no le había dado ni por palparse los bolsillos. Marcó el número de emergencias de la Guardia civil y a los pocos segundos un agente contestó:

-        Guardia civil. Emergencias.

-        Necesito que vengan enseguida, hay mucha sangre y cadáveres por todos lados.

-        ¿Dónde se encuentra?

-        Camping La Carretera. ¡Dense prisa!

Marta colgó consciente de que había gritado demasiado, por eso cambió de planes y decidió ir hacia el coche, no pensaba que el monstruo fuese a aparecer por allí. A lo lejos, la mañana empezaba a clarear tímidamente, aun pasaría al menos una hora hasta que el solo llegase al camping. Hacia el coche se iba a dirigir, cuando vio por el rabillo del ojo como la puerta de la caravana se abría. Lucía, la niña de seis años que se había quedado huérfana de padre, madre y hermana, salía totalmente desorientada.

-        ¿Mamá? – dijo sin fijarse que debajo de ella yacía el cuerpo de su padre.

Marta fue corriendo hacia ella para sacarla de allí, más tarde le daría explicaciones, pero la niña ya había visto el cuerpo de su padre, bajó y se quedó mirando.

-        ¿Papa? – decía la niña – despierta papá.

Marta llegó hasta ella y se agachó, la recogió y se la llevó detrás de la caravana. La cría la miró mientras ya brotaban lágrimas de sus ojos, pues se había dado cuenta de que su padre estaba muerto.

-        Lo siento pequeña, pero ahora tenemos que irnos o el lobo malo nos comerá a las dos.

-        ¿Y mi mamá? ¿Y mi tata?

-        Te prometo que te lo digo ahora, pero tienes que venirte conmigo, no podemos dejar que nos encuentren.

Cogió a la chiquilla en brazos y salió corriendo de allí, pero al llegar a la esquina donde el camino se bifurcaba hacia los servicios, se quedó paralizada. El hombre lobo salía del baño, llevaba sangre en el denso pelaje y hasta un enorme pedazo de cristal clavado en el lomo. Miró a Marta, en ese momento ella se dio cuenta de que esa era la mirada de su amigo, una mirada que a Marta le pareció una súplica para que acabase con él. Unos pocos segundos después, enseñó sus colmillos y Marta trató de salir corriendo, pero era increíblemente rápido y en dos zancadas la cogió. La chica soltó a la pequeña.

-        ¡Escóndete y no hables para que no te encuentre, tienes que ser muy silenciosa! – dijo mientras veía como la cría se quedaba petrificada.

El can cogió a la muchacha, esta empezó a patalear, a gritar histéricamente y a darle puñetazos en la espalda a ese monstruo, pero ni siquiera servía para que cediese la presión que ejercía con su zarpa. Esta vez, en vez de llevarla hacia el baño, la llevo hacia una de las tiendas. Rasgó la puerta de entrada y metió dentro a Marta, que no paraba de agitarse y moverse, el cánido también metió al menos la cabeza y las garras, el lomo no le cabía. Después todo pasó muy rápido. Entre golpes y zarpazos, la chica fue perdiendo sangre y vísceras al paso. Levantó la cabeza y vio como ese bicho se la estaba comiendo literalmente. Lo que una horas antes había sido Fernando, también levantó la cabeza enseñando unos colmillos llenos de sangre. Marta empezó a gritar y revolverse más violentamente, la tienda casi se iba a ir abajo, pero ya no tenía escapatoria posible. Su fuerza empezó se debilitarse rápidamente, lo último que Marta Vallejo vio antes de morir fueron sus propios intestinos en la boca del que había sido uno de sus mejores amigos.

 

Lucía se había quedado paralizada viendo como el monstruo se llevaba a la chica que quería salvarle, se iba hacia la caravana de su familia, pero al llegar seguía hacia las tiendas de arriba, la metía a ella en una de ellas y él también se metía, al menos lo que pudo. Tenía que ayudar a la chica buena, pero ¿cómo? Solo tenía seis años. Se fue corriendo hasta donde se encontraban ellos, cuando llegó vio la tela de la tienda de campaña moverse violentamente, y el ruido, aquel ruido que a veces escuchaba cuando sus padres estaban solos en su cuarto. Un rato después los movimientos de la tienda fueron más violentos, hasta que por fin pararon. Tenía que ser ahora o nunca. Lucía se acercó rápidamente hacia el hombre lobo, tenía su vista fija en un punto, el pedazo de cristal que llevaba clavado en su lomo. Cuando llegó, lo cogió y empezó a hundirlo más en su pelaje mientras hacía círculos, el animal empezó a aullar de dolor mientras trataba de darse la vuelta para salir, pero aquel sitio era muy pequeño y la niña seguía hundiéndolo y moviéndolo. Ahora sí, a Fernando el lobo, le habían tocado un punto débil. La nena sacó el cristal y empezó a apuñarle de manera profunda por todas zonas del cuerpo, pero el licántropo consiguió darse la vuelta y le asestó un zarpazo en el brazo que mandó a la niña unos metros hacia atrás. Cuando, malherido, salió de la tienda, miró hacia arriba, el sol ya estaba tocando el camping y cayó al suelo. Convulsiones, gritos y más convulsiones hicieron acto de presencia mientras la niña miraba muerta de miedo. Un par de minutos, aquel lobo ya no era tal, se había convertido en uno de los chicos que habían llegado la mañana anterior. Sin tiempo para mucho más y mientras estaba escuchando las sirenas de la Guardia Civil, Fernando miró a la cría y esbozó una sonrisa.

-        Gracias pequeña

Un segundo después, con todo su cuerpo desnudo y lleno de sangre, moría.

 

Los agentes, armados hasta los dientes, entraron en el camping, lo menos veinte hombres se repartían por todas las instalaciones y empezaban a registrar todo. Cuando se cercioraron de que no había nadie que amenazase su integridad física, comenzaron a envolver los cadáveres. Días más tarde la prensa sensacionalista describió aquello como lo más terrorífico de la historia de España, y lo alzó a la altura de la mítica Matanza en un Rancho de Texas.

Un agente se acercó a la niña que todavía seguía mirando el cadáver de Fernando.

-        ¡Dios Santo! – dijo mientras levantaba en brazos a la niña - ¿estás bien pequeña?

-        Ha sido el lobo malo – dijo mirando todavía el cuerpo caliente de aquel joven.

El agente dejó a la cría en la ambulancia y mientras los enfermeros se ocupaban de ella, otro agente se acercó.

-        Hay muy pocos cuerpos identificables, sargento ¿Quién ha podido hacer semejante barbaridad?

-        No lo sé, la única superviviente es una niña, que dice algo de un lobo malo, pero es una cría y está traumatizada, no será de mucha ayuda.

Otro de sus hombres venía a la carrera.

-        ¡Sargento! Hemos encontrado esto – dijo jadeando.

El nuevo agente que había aparecido en escena le entregó una pequeña bolsita con pelaje dentro.

-        Ha sido el lobo malo – eran los pensamientos del sargento Novoa al mirar la bolsita – que lo analicen, podría ser de un lobo.

-        Sargento, hace años que no se ven lobos por aquí.

-        No me importa Cabo, a mi ese pelaje me parece de lobo, así que mande que lo analicen.

-        Claro, Sargento.

El hombre se acercó a la ambulancia, los enfermeros habían limpiado, curado y vendado el brazo de Lucía.

-        Pequeña – le dijo el Sargento - ¿qué ha pasado esta noche?

-        Ha sido el lobo malo – dijo mientras la niña se reía.

Se volvió hacia los enfermeros.

-        Está muy traumatizada, encárguense de dejarla en el hospital, nosotros trataremos de ponernos en contacto con familiares suyos.

-        Está bien – dijo uno de los enfermeros, mientras cerraban la puerta de atrás.

Diez minutos después la ambulancia ya estaba camino del hospital, los enfermeros echaban vistazos a la niña de vez en cuando.

-        Parece como si una bestia inhumana hubiese pasado por ese camping ¿no crees?

-        Sí claro, Romasanta, no te jode – dijo el otro enfermero – habrá sido algún chiflado.

Lucía miró hacia los dos enfermeros, justo en el momento que el copiloto se volvía para echarle otro vistazo. La niña sonrío y mostró unos hermosos…colmillos.