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martes, 27 de agosto de 2019

UNA VISITA INQUIETANTE


3 DE SEPTIEMBRE DE 2019. MARTES. 22:15

Nicole e Indira son dos hermanas de diecinueve y quince años respectivamente. El domingo anterior, sus padres se habían ido de vacaciones y estarían una semana. Para la mayor no era nuevo, ya se había quedado sola en dos ocasiones más, pero la pequeña         de la familia era una novedad. A las dos les gustaba la idea, pero a Indira se le notaba mucho más.

    ¿Qué hora es?    preguntó la niña.

Indira era un poquito más alta que su hermana mayor. Su cabello rubio caía libre por su espalda. De hecho, quien no la conocía, pensaba que era sueca. Tenía los ojos azules, como el cielo en un día despejado y unas gafas de pasta con la montura de color morado. También llevaba un corrector dental dorado, pero pese a todo eso, se podía ver que era una muchacha hermosa y esbelta.

   Las diez y cuarto    le contestó su hermana    ¿por qué te interesa la hora?

Nicole también era alta, pero como siempre la comparaban con su hermana, salía perdiendo y parecía más baja de lo que en realidad era. También era esbelta, aunque sus facciones faciales eran más comunes. Su pelo era castaño y sus ojos también, como la madera recién barnizada. Tenía más cuerpo de mujer, lógicamente, lo que le daba una pequeña ventaja respecto a ella.

    Por ver una peli, como todavía no hay insti y papá y mamá no están, pues podemos ver una.
    Si, mañana podremos dormir todo el día.
Indira río.
    ¿Una de miedo?
    Vale.
    Pero    Nicole miró a su hermana sonriendo    si te da miedo, no sé si te dejaré dormir conmigo.
    ¡Te encanta que duerma contigo!    dijo la niña sorprendida.
    Eso es verdad ¿y cual ponemos?
    Esta parece guay.
    La casa de los mil cadáveres.
    Sí.
    No veo porque no se pueda ver.

Las chicas se prepararon para ver la película. La mesa de enfrente se llenó de patatas fritas y refrescos, mientras Nicole conectaba el disco duro externo y buscaba la cinta. Se sentaron.
  
  ―  Solo una coca cola.
    Vale    dijo Indira resignada.

Mientras la película empezaba, Nicole miró por la ventana y vio en la lejanía unos relámpagos, al rato se escuchaba el trueno. Se debía aproximar una tormenta. También se veía, asomado a la ventana, al vecino de enfrente mirar hacia el cielo, seguramente estaría pensando lo mismo que ella.

    No sé si la terminaremos.
    Lo que no podamos ver, lo dejamos para mañana.
    Claro, a sus órdenes.


La tormenta no llegó y cuando terminaron la película, Nicole miró a su hermana.

  ―  Un poco fuerte y paranoica ¿no?

Indira la miró.

  ―  Tampoco ha sido para tanto

La chica se levantó y se fue hacia el cuarto de baño, mientras su hermana la seguía con la mirada.

  ―  Joder con la puta cría.

Cuando la niña regresó, Nicole ya había quitado la película y había recogido el salón. Ella la miró.

  ―  Puedes dormir conmigo, caprichosa.

No es que la pequeña tuviese miedo a dormir sola, pero le gustaba dormir con su hermana pese al calor.

  ―  Gracias hermanita.
  ―  Pero no te pegues a mí.

Ambas se quitaron la ropa, pues era verano, hacía calor y se conocían bien. Indira se dejó solamente las bragas rosas puestas y Nicole un tanga blanco, pero con una camiseta de tirantes. La tormenta se volvía a hacer visible. Apagaron la luz.
  
  ―  ¿No me das un beso para dormirnos?  ―  le pidió Indira.
  ―  ¿Qué?
  ―  Un beso para dormirme.

Nicole se incorporó encima de su hermana y le dio un beso en la mejilla.

  ―  Pero en la boca, quiero saber que se siente.

Su hermana se empezó a reír.

  ―  No voy a besarte en la boca.
  ―  ¿Qué más te da?
  ―  Vale, pero solamente uno y no me darás más el coñazo.
  ―  Hecho.

De nuevo se puso encima de su hermana y le dio un beso en sus labios, realmente tierno, que duro unos cinco segundos. En realidad eran dos o tres besos pequeños. Se quitó de encima.

  ―  Besas muy bien.
    A dormir, viciosa.

4 DE SEPTIEMBRE. MIÉRCOLES. 3: 20

Ahora sí, la tormenta estaba en todo su apogeo. Los relámpagos se sucedían sin descanso. Uno tras otro, con su correspondiente trueno. Indira no podía dormir y pensaba en el beso de su hermana. Había sido un poco light para ser un primer beso, aunque le había gustado. El termómetro marcaba dentro del piso veinticinco grados. Y sin importarle la temperatura demasiado, su vejiga protestó.

  ―  ¡Jo!  ―  se quejó.


Se levantó y sin ponerse nada de ropa, se fue al baño.

  ―  ¿Dónde vas?
  ―  Al baño.

Su hermana ni contestó. Después de orinar, salió del retrete, apagó la luz y volviendo a la cama lo escuchó.

Din Don

Indira paró, confusa. Acababa de sonar el timbre, pero como si lo hubieran accionado y sin llegar a apretar del todo, lo hubiesen soltado, para que solo se enteraran ellas.  Y una tormenta era una cosa, pero que alguien llamara de madrugada en medio de una, era otra cosa muy distinta. Tratando de no hacer ruido, volvió a la cama, deseando que hubiese sido su imaginación. Se metió entre las sabanas y contuvo el aliento.

Din Don

De nuevo como antes, flojo. No era su imaginación. Alguien llamaba. Miró el teléfono móvil para comprobar si sus padres le habían mandado un mensaje diciendo que regresaban o que mandaban a alguien a por algo. Desde luego no se  les ocurriría hacerlo a esas horas y con una tormenta impresionante. No había nada. Miró a Nicole. Dormía. No sabía si despertarla. Quizá lo más sensato era pasar del tema y que llamasen lo que quisieran, total habían cerrado con las tres llaves y la puerta era infranqueable.

Din Don

Esta vez fue Nicole quien se despertó. Se volvió a mirar a su hermana, que la miraba…¿asustada?

  ―  ¿Han llamado?

De nuevo un relámpago inundó de una siniestra luz el cuarto, para que, segundos después, el correspondiente trueno retumbase y sacudiese a las chicas.

  ―  ¿Han llamado?  ―  volvió a preguntar.
  ―  Tres veces.
  ―  Voy a abrir  ―  dijo levantándose.
  ―  ¿En serio?
  ―  ¿Ves lo que acarrea ver películas de miedo?  ―  le regañó su hermana  ―  no te preocupes será algún vecino.
  ―  ¿Y por qué no miras antes por la mirilla?

De nuevo su vieja fobia. Nicole se quedó paralizada. Indira cayó al instante y se levantó de la cama.

―  Perdona, estoy asustada y no me acordaba.

Santos inocentes de hacía tres años. Estaban en casa, con sus padres y alguien llamó al timbre. Era de día y aunque hacía frío, el sol llenaba el piso de luz.

―  Yo abro  ―  dijo Nicole.

Salió corriendo hacia la puerta.

  ―  ¡Cariño!  ―  gritó su madre  ―  ¡mira antes por la mirilla!

La cría se asomó por la mirilla de la puerta y observó. No veía nada, pero en ese instante, un rostro, como el de un demonio, sonrió hacia el ventanillo y la niña se asustó. Salió corriendo hacia los brazos de su madre y no pasó nada, pues era su padre con una careta para darle un susto al que se asomara, pero a Nicole le provocó un trauma y pese a que su padre le pidió perdón incontables veces y que ella le había perdonado, eso seguía ahí.

  ―  Tranquila  ―  dijo ella  ―  ya es hora de superarlo.

Estaba cruzando el salón, un nuevo relámpago, seguido de un trueno, iluminaron la estancia. Y ahí estaba, en el sofá, una persona con la cara de demonio.

  ―  Hola Nicole, soy yo, pero esta vez no está tu padre.

Y enseñó su sonrisa.

  ―  No puedo  ―  dijo volviendo sobre sus pasos.
  ―  Ya voy  yo.

Se quitó las chancletas para no hacer ruido, cruzó el salón, donde, lógicamente, no había nada y se puso frente a la puerta, sin hacer ruido, casi sin respirar, esperando el momento preciso para asomarse y ver quien estaba atormentándolas. Esta vez no llamó al timbre.

Toc Toc

No se lo pensó. Tal y como sonaron los golpes, se asomó por el ventanillo, miró todo lo que podía ver, pero no vio a nadie. Era imposible. Por la mirilla, como si estuviera en la lejanía, se veía toda la puerta. Alcanzaba hasta las escaleras, solamente un rincón al lado del ascensor, quedaba a oscuras total, pero no se veía ningún movimiento. Se apartó de la mirilla y se volvió para decírselo a Nicole.

  ―  ¡Ah!
  ―  No quería asustarte Indira, pero si hacía ruido nos habría oído ¿quién es?
  ―  No he visto a nadie.
  ―  ¿Qué significa que nos has visto a nadie?
  ―  Eso. He mirado pero no había nadie.

Nicole miró a la niña aterrada.

  ―  Vamos a la cama, anda.

Cuando cruzaban el salón, escucharon algo que casi les asustó más que cualquier otro ruido que habían oído hasta ese momento o incluso el no ver a nadie por fuera. Alguien intentaba abrir la puerta. Se volvieron y observaron como se movía el pomo.

  ―  No había nadie  ―  dijo la niña.
  ―  Voy a por un cuchillo.

Por los cajones que había debajo de la vitrocerámica, rebuscó hasta que encontró un cuchillo de buenas dimensiones y afilado. Satisfecha, volvió junto a su hermana.

―  Vístete.

Indira fue al cuarto y se puso la camiseta de tirantes que había llevado esa misma noche y unos vaqueros cortos ajustados. Nicole se puso una falda corta. Más golpes.

Toc Toc Toc

Cuchillo en mano se encaminaron hacia la puerta.

  ―  ¿Quién es?

Otro relámpago iluminó el recibidor y otro trueno puso la banda sonora.

  ―  Si no nos dices quien eres, no abriremos la puerta  ―  insistió la mayor.

Ahora el silencio solo lo rompían los truenos lejanos. Debía haber varias tormentas a la vez.,

Toc Toc Toc

Indira se llevó la mano a la boca para no gritar y Nicola estaba absorta mirando la puerta. Esta vez los golpes habían sonado más i9nsistentes, alguien estaba perdiendo la paciencia.
  --  ¿Quién coño eres, joder?    gritó Nicole presa del pánico.
La cría miró a su hermana.

  ―  Llama a la policía. El cero noventa y uno  ―  le dijo Nicole.

La chica fue al cuarto y cogió su móvil, marcó el número y espero. Enseguida lo cogieron.

  ―  Policía nacional. Emergencias.
  ―  Necesitamos que vengan, mi hermana y yo estamos en apuros. Alguien lleva un rato llamando al timbre de la puerta y no nos dice quien es, ha intentado entrar. Estamos asustadas.
  ―  Tranquila. Dime la dirección.
  ―  Avenida Monteolivo, setenta y dos, cuarto D.
  ―  No abráis la puerta, enseguida llega una patrulla.

Indira colgó y corrió donde estaba su hermana.

  ―  Vienen de camino.

Nicole se dirigió hacia la puerta.

  ―  La policía viene de camino.

No se oía nada, pero eso no era nuevo, seguramente quien estaba al otro lado pensaría que era un farol.

  ―  Allá tú sino no crees.

Se fueron al salón, los relámpagos no dejaban de formar figuras grotescas en el salón donde las chicas estaban pasando el peor día de sus vidas. Los truenos era sus fieles acompañantes. El piso seguía sin luz eléctrica y la tormenta no tenía fin. Nicole miró por la ventana y enarcó las cejas. En la ventana de enfrente, donde al principio había visto a un hombre mirar la tormenta, había luz, y la instalación era la misma para los dos edificios, alguien la había cortado, alguien con acceso al cuarto donde estaban los contadores. Seguiría sin saber quién era, pero se le ocurrió una idea.
  
―  Indira, mira esa ventana, cuando veas a alguien asomarse haz señales y cuando consigas su atención,. Abres y le cuentas lo que pasa.

  ―  Vale.

Diez minutos después volvió a sonar el timbre. Las chicas se miraron. Nicole le hizo una seña a su hermana, para que se quedara dónde estaba. Ella se fue acercando a la puerta.

  ―  ¡Policía, nos han avisado de que estaban intentando entrar!
  ―  ¡Si, ahora abrimos!

Corrieron las dos hasta la puerta, y abrieron. Dos agentes, con la placa en la mano enseñándoselas a las chicas, esperaban en el rellano.

  ―  Gracias por venir.
  ―  Es nuestro deber  ―  dijo el agente más mayor  ―  ¿podemos pasar?
  ―  Adelante.

Los policías entraron y observaron.

  ―  Vamos a mirar si hay cámaras o micros, por si os han estado espiando, así podremos averiguar desde donde.

Cada uno por un lado, recorrieron cada rincón del inmueble, buscando indicios de espionaje hacia las chicas, pero no hallaron nada. Veinte minutos después, ya habían terminado.

―  Ni rastro de webcams, ni de micros, ni de nada. Por la calle no hemos visto a nadie merodear. No abráis la puerta a nadie, echad todas las llaves posibles y no podrá entrar.
  ―  Eso ustedes no lo saben  ―  dijo visiblemente molesta, Nicole.
  ―  Lo siento, pero no hemos visto nada. No obstante, iremos a pie ahora, a ver si vemos a alguien por las callejuelas de por aquí.
  ―  Está bien.

Los agentes se fueron escaleras abajo y Nicole cerró la puerta con las dos llaves. La verdad era que si ellos habían miraod por las calles y en el piso y no había indicios de nada, igual es que no los había y el que fuese se habría ido al ver que llegaba la policía. Así se lo hizo saber a su hermana y se tranquilizaron. Se desnudaron y se metieron de nuevo a la cama.

Din Don

Ni dos minutos habían pasado, aunque también podrían ser los agentes. Miró a su hermana.

  ―  Quizás sean los policías.

Se levantó sin vestirse ni nada solo con la camiseta y el tanga y se dirigió a la puerta. Indira se sentó en la cama y esperó.

  ―  ¿Quién es?
  ―  De nuevo la policía, hemos visto un sospechoso merodeando.

La chica abrió rápidamente la puerta y se encontró con el agente más joven.

  ―  ¿Puedo entrar?
  ―  Claro.
  ―  Vístase si quiere, puedo esperar.
  ―  No importa

También la niña salió del cuarto al ver que era el agente, como se había hechado en bragas, se puso una camiseta encima, nada más. El policía no pudo dejar de mirarla.

  ―  Hemos visto a una persona de complexión delgada y cubierto con una capucha, mi compañero ha ido a por el para interrogarle.

  ―  Cerrad la puerta y solamente abrid si somos nosotros, porque…

Din Don

  ―  Un momento, será mi compañero.

Abrió la puerta.

  ¿Has sacado algo en claro con…

El afilado cuchillo le cortó la garganta con la rapidez de una serpiente y  la precisión de un cirujano, mientras un relámpago iluminaba su angustiado rostro. El correspondiente trueno irrumpió en esa macabra reunión, justo cuando el policía caía muerto. El asesino, ataviado con una capucha, entró y cerró, después se volvió, vio a las asustadas chicas y agarró por el cuello a Nicole, poniéndole el cuchillo en la garganta, mientras observaba a Indira.

―  Si intentas algo, la mataré.

La niña asintió con la cabeza.

  ―  A la ventana del salón.

Se acercó aterrada, tanto por ella colmo por su hermana. El hombre, usando a Nicole como escudo, también se acercó.

  ―  Supongo que os preguntaréis porque hago esto y porque a vosotras ¿Veis la ventana que hay justo enfrente de esta? La que tiene la luz encendida. Pues ahí llevo viviendo solo tres años. Todos los días observándoos hasta que el destino me ha regalado esta noche. Solamente habéis cometido un error, y es llamar a la policía, porque sin ellos y su confianza en sí mismos, no hubiese podido entrar. ¿Por hago esto? Porque Indira me tiene loco, siempre la he admirado, pues me gustan jovencitas…    ―  sonrió de forma macabra  ―  lo sé, soy un monstruo, necesito ayuda, pero ahora mismo, es lo que hay. Y lo que tengo aquí es a una hermosa joven y a su hermana mayor, que no me hace ninguna falta.

Y le cortó el cuello.

Indira miró como caía la sangre del cuello de Nicole y entró en pánico.

  ―  ¡Nicole!
Él la miro con tranquilidad.
  
  ―  Mírate Indira. Piernas largas, un rostro hermoso, las gafas y el corrector que te dan un intenso aire de inocencia, poca ropa y que hostias, un culo magnífico…me gustas.

La cría estaba aterrada ¿Qué pasaría ahora? Sin pensar, echó a correr hacia la puerta. Él reaccionó rápido y la siguió. Cuando ya iba a abrir la puerta, la cogió por la cintura y la volvió hacia él, después la agarró del trasero y la cogió en brazos.

   ―  ¿Qué vas a hacerme?
   ―  ¡Oh, que tierna! Nunca le hagas esa pregunta a un pedófilo.

Ella empezó a llorar y a temblar, lo miraba sin saber que iba a pasar con ella, pero la cosa pintaba bastante mal.

  ―  ¿Qué hago?  ―  le preguntó él  ―  te llevo a casa y jugamos allí o te devoro aquí mismo.

Hizo rechinar sus dientas mientras se los enseñaba a la niña, que empezó a tratar de soltarse, agitándose, pataleando e incluso soltándole algún puñetazo con escasa repercusión.

  ―  Ha llegado la hora  ―  dijo mostrándole una perversa sonrisa, para después relamerse.
  ―  ¡No, por favor!


Se la llevó al cuarto, que precisamente era de la niña y se escuchó como le rompía a tirones la camiseta. También se escuchaban los desesperados gritos de ella, que poco a poco se iban apagando, dando lugar a jadeos y terminando por no escucharse nada procedente de Indira.






























sábado, 8 de junio de 2019

UN VIRUS LLAMADO AMOR


David entró en la empresa donde llevaba dos años y medio trabajando, con el tiempo justo. No tenía que fichar, pero siempre se las apañaba el encargado para pillarlo. Tampoco era habitual que llegase con el tiempo justo, la gran mayoría de las veces, llegaba 5 minutos antes.



  ¡David, que no eres nuevo coño, ya sabes que tienes que entrar un poco antes para que tu compañero te diga lo que tienes que hacer!



  Lo sé, pero me trae un amigo que trabaja ahí al lado y ha venido a recogerme tarde.



  Ya, seguro que cuando ibas a la escuela eras de los que decías que el perro se había comido los deberes.



  Que va, yo no iba a la escuela.



  No me extrañaría nada    le dijo mientras se echaba a reír.



David tenía treinta y ocho años. No era alto, ni tampoco estaba gordo. Su pelo era negro brillante, adornado con un peinado de lo más común, igual que sus ojos marrones, pero él casi siempre llevaba una sonrisa en el rostro y eso, aunque salía poco, era un imán para las chicas. Menos de un minuto después ya estaba en su sección de trabajo, su compañero le explicó lo que tenía que hacer antes de marcharse. Ya era viernes. La jornada de trabajo transcurrió sin incidencias. Cuando dieron las diez de la noche se fue al aparcamiento donde le estaría esperando su novia Belén, como todos los viernes. Entró en el coche y se besaron.



  ¿Qué tal ha ido la tarde?    le preguntó antes de arrancar.

―  Se me ha hecho un poco larga, pero bueno, bien. Muy tranquila.

  ¿Muy cansado para salir está noche?

  Un poco, pero si hay que salir se sale.



después de que ella saliese de una bastante tormentosa. Se conocieron, se cayeron bien y quedaron tres o cuatro veces más con sus amigos antes de quedar a soplas, hasta que se hicieron pareja. Habían pasado un par de semanas malas, pero lo arreglaron y ambos pensaron que ya estaba superado. Pero hacía unas tres semanas, Belén le había dicho de probar a vivir juntos y él no había dicho que no, pero tampoco le hizo especial ilusión, pues vivía solo y estaba muy bien así.

  ¿Te apetece que me quede este fin de semana contigo o no quieres visitas?    le dijo con sorna.

  ¿Ya empezamos?    le contestó    te puedes quedar, pero la próxima vez avísame al menos un día antes.

--  ¿Avisar? Soy tu novia David. Nos conocemos bien, nada de lo que hagas en tu casa me va a asustar.

  Sí, pero resulta que es mi casa y me gusta que las visitas me avisen.

  ¿Para esconder a tu amante?    le dijo queriéndole gastar una broma porque veía que la conversación se ponía tensa.

  Pero ¿qué dices?    le contestó él sin pillar el tono de la chica    no hay amantes, pero si normas.

  Era una broma    le dijo ella malhumorada.

  Pues lo de las normas, no.

  ¿Sabes qué? No te preocupes que no voy a ir, y tampoco estás obligado a salir.

  Pero sino salgo te enfadarás, como siempre.

  Pues no salgas, es más, no quiero que salgas    dijo, ahora sí, enfadada    quédate en tu casa y tranquilo que no voy a ir a molestarte.
La chica paró el Focus delante del edificio donde vivía su novio, él bajó y se asomó por la ventanilla.

  Belén no te enfades, ya sabes lo escrupuloso que soy con mi intimidad.

  Y por si tenía dudas, me los ha dejado muy claro ahora mismo. Nos vemos.

Y se fue. Se quedó mirando cómo se alejaba, hasta que se perdió de vista. Subió a su piso y se tumbó en el sofá, hasta el apetito se le había ido. La verdad era que había sido un poco grosero con ella, pero el día que se comprometieron como pareja él le dijo que era muy reservado con su intimidad, lo sabía de sobra. Pero tampoco quería perderla porque la amaba. Así que decidió que saldrá al bar y cuando estuviese con ella, le diría que sí, que quería probar a vivir con ella. Se duchó, se arregló y se dirigió donde estaría ella, si es que había salido. Cuando llegó, lo primero que notó que había más gente de los normal y que no conocía a casi nadie. Miró por la barra y las mesas pero no la vio. El camarero se acercó.

  ¿Lo de siempre, David?

  Si.

El camarero le sirvió un botellín de cerveza.

  Gracias Ernesto.

Se quedó mirando hacia un rincón alejado, al otro lado del futbolín, había dos personas y se quedó mirando porque una de ellas parecía Belén….¡qué narices, era Belén!  Y estaba con otro tío ¿Qué hacían?

  ¡Joder, pero si están enrollando!

Con determinación, pero con el corazón empezando a resquebrajarse se acercó hasta ellos. El chaval era Sergio, el hijo de la de la farmacia del barrio.

  Hola Belén    le dijo aparentando tranquilidad.

Ella se volvió y se quedó de piedra al ver a su novio. Miró a Sergio, que también se había quedado de piedra. Ninguno supo que decir.

  ¿Es que se te ha comido la lengua este?

  Escucha David, entiendo que te enfades…―  empezó diciendo el otro chaval.

  ¡Tú cállate, gilipollas! Esto es entre ella y yo.

Belén se empezó a desbloquear.

  ¿Qué estás haciendo aquí?

  Te pillo dándote el lote con esto    dijo señalando a Sergio    y ¿solamente se te ocurre eso? Pues verás, quería darte una sorpresa, pero quien me iba a decir a mí, que me la iba a llevar yo.

  David, yo…

  Escúchame joder    les echó a los dos una mirada rápida, mientras notaba las lagrimas deslizarse por sus blancas mejillas    he entrado en casa y he reflexionado, me estaba sintiendo mal así que me he dicho, ves al “Abutardas” y discúlpate, sé un hombre, y cuando te disculpes, le dices que sí, que quieres vivir con ella.

A ella se le quebró la voz y las lágrimas también aparecieron en su cara.

  David…

  Pero ¿sabes qué, Belén? Que ya no me apetece vivir contigo, ni con nadie. Eso sí, gracias por recordarme que el ser humano es despreciable.

  Escucha David, lo que me ha pasado aquí, ha sido un error, era la frustración.

  Pues por mi puedes seguir frustrada mientras te lías con este, pero hemos terminado.
Salió del bar rápidamente, no quería que nadie le viese llorar. Se iba dolido porque en el fondo seguía amándola.

David siempre iba en el turno de tarde, no le gustaba madrugar y además, ya se había acostumbrado. Ese lunes entró a trabajar con mala cara. No hubo chistes, ni ganas de arrancarles una sonrisa a los demás, se limitó a trabajar y cuando se dirigían a él, las malas contestaciones eran la tónica general. La única novedad fue la llegada de una chica nueva a la máquina de al lado de donde trabajaba él. Entró con el gerente, David ni les prestó atención.

  David, te presento a tu nueva compañera. Se llama Andrea y esperemos que este mucho tiempo con nosotros, si puedes ayudarle en algo, le ayudas.
Echó un rápido vistazo a la chica. Era alta, delgada, el pelo lo llevaba largo y castaño. También eran de las que siempre llevaba una sonrisa en su rostro.

  Hola    le dijo muy seco.

  Hola David.

El no la volvió a mirar, tan seco, que hasta el gerente se quedó mirándolo antes de marcharse. Llegó el encargado para enseñarle todos los pormenores de la máquina y a las 9 de la tarde, ya la dejaron sola. Miró a David.

  Eres poco hablador.

  ¿Y qué?

  Que tienes cara de ser hablador, por eso me sorprende.

  Pues no lo soy.

  Yo creo que sí, pero por algún motivo, piensas que el mundo es una mierda.

  Mira    dijo él volviéndose a mirarla    no tienes la culpa de nada, ni quiero contestarte mal, pero no quiero ni hablar con nadie, ni conocer a nadie ¿vale?

  Conmigo sí que querrás hablar “Don hablador”    le dijo Andrea sonriendo.

  Lo siento pero no, contigo tampoco.

  “Don hablador” vamos a pasar mucho tiempo aquí y a mí me gusta hablar, no te va a quedar otra.

Él la miró por primera vez más curioso que molesto.

  ¿Y qué te hace pensar eso?

  El hecho de que ya lo estás haciendo.

Era verdad. Sin despeinarse, esa chica le había hecho conversar, de una manera poco ortodoxa, pero era una conversación al fin y al cabo.

  Pero ya no la haré más.

  Por hoy    le dijo ella    porque ya te has soltado un poco y son casi las diez. Y deja que te diga una cosa, nadie merece la pena para dejar de ser tú. Nadie “Don hablador”

No le contestó, pero notó una mueca en boca ¿una tímida sonrisa? Al día siguiente, Andrea ya estaba en su puesto de trabajo cuando David llegaba, algo justo, de nuevo.

  Ya pensaba que no venías “Don hablador”

  Oye Andrea, eres una chica muy simpática, de verdad, y ojala te hubiese conocido en otras circunstancias, pero no quiero tener cont5acto con la gente, soy antisocial.

  ¿Y por qué me contestas siempre?

  Porque eres muy cansina, tía.

  Ya lo sé.

Otra vez la sonrisa, y esta vez era una de las buenas, que ni siquiera trató de taparla. Si David no quería hablar con ella, no lo consiguió. La chica le tuvo toda la tarde de palique. Le contó porque no quería ni hablar ni conocer a nadie. Ella le dijo que tenía treinta años, un hijo y un novio, que no era el padre de su hijo. El miércoles, ya no hablaban solamente, también reían. Hablaron de temas diversos en los que en casi ninguno estaban de acuerdo, pero sentía que congeniaba con ella, aunque no quería nada con Andrea, además de que tenía novio. Ella se convirtió, para él, en un refugio en plena tormenta. En alguien que lo entendió y que hizo que se valorase más. En definitiva, fue un soplo de aire fresco en su vida. Durante toda la semana, se buscaban a la hora del almuerzo, si a él le ponían en otra máquina. Se había convertido en una confidente. Se confesaron cosas que no le habían contado a nadie, había feeling entre ellos. Así día tras días, mes tras mes. Hasta que a falta de 15 días para que venciera el contrato de él, le dieron la noticia de que no seguiría en la empresa, y así se lo dijo a su amiga.

  ¿Y que voy a hacer yo sin ti, “Don hablador”? No será lo mismo, me caes demasiado bien, eres el motivo por el que vengo con alegría.

A él le llegó al corazón esas palabras, aunque no se lo dijo.

  Tú a mí también, cansina.

Se sonrieron. Y ese fue el momento en el que supo que ella le había agujereado el corazón. Ella lo había librado de la depresión, sin tener apenas nada en común, ambos se buscaban a diario con la mirada.

  Lo he dejado con mi novio.

  ¿Por?    no pudo dejar de alegrarse, pero no iba a dejar que ella lo notara    ¿Qué ha pasado?

  Es un egoísta, solamente piensa en él, él y después él. Y no puedo con eso.

  Mal hecho, pero no puedo dejar de empatizar con él.

  ¿Y eso por qué?

  Porque perderte tiene que ser como si cayeras a un pozo y alguien pusiera una losa de mil kilos para taparlo.

Ella sonrió.

  Que bonito, a la par que tétrico    dijo ella    me tienes que dar tu teléfono antes de que te vayas.

  Claro, no concibo mi existencia sin mi cansina.
El último día de trabajo a última hora, le dio un papel con su número apuntado.

  Espero saber de ti.

  Claro, bajaré algún día a echar una cerveza contigo.
Se dieron un abrazo caluroso y largo, muy largo.

  ¿Sabré de ti Andrea?    le dijo mientras sentía como se rompía su alma.

  Sabrás de mí.

Los días iban pasando y David, cada vez más angustiado miraba el teléfono esperando un mensaje o una llamada que no llegaban. No quiso darle su teléfono con la promesa de que ella le escribiría. De nuevo con el corazón roto, se resguardó en la seguridad de su piso, donde lo había visto hundirse nunca, esperaba una llamada que nunca llegaría y aunque fue recuperándose, pues el corazón es increíblemente fuerte, Andrea no se podía mover de su cabeza, como una vieja maldición. De alguna manera sabía que ella le había amado e incluso seguía haciéndolo, como él a ella. Seguramente habría vuelto con su novio y le habría elegido. Daba igual. A veces, hay personas que se aman y no están juntas, aunque haya otras personas en su vida.