David entró en la empresa donde llevaba dos años y medio
trabajando, con el tiempo justo. No tenía que fichar, pero siempre se las
apañaba el encargado para pillarlo. Tampoco era habitual que llegase con el
tiempo justo, la gran mayoría de las veces, llegaba 5 minutos antes.
―
¡David, que no eres nuevo coño, ya sabes que tienes que entrar un poco
antes para que tu compañero te diga lo que tienes que hacer!
―
Lo sé, pero me trae un amigo que trabaja ahí al lado y ha venido a
recogerme tarde.
―
Ya, seguro que cuando ibas a la escuela eras de los que decías que el
perro se había comido los deberes.
―
Que va, yo no iba a la escuela.
―
No me extrañaría nada ― le dijo mientras se echaba a reír.
David tenía treinta y ocho años. No era alto, ni tampoco
estaba gordo. Su pelo era negro brillante, adornado con un peinado de lo más común,
igual que sus ojos marrones, pero él casi siempre llevaba una sonrisa en el
rostro y eso, aunque salía poco, era un imán para las chicas. Menos de un
minuto después ya estaba en su sección de trabajo, su compañero le explicó lo
que tenía que hacer antes de marcharse. Ya era viernes. La jornada de trabajo
transcurrió sin incidencias. Cuando dieron las diez de la noche se fue al
aparcamiento donde le estaría esperando su novia Belén, como todos los viernes.
Entró en el coche y se besaron.
― ¿Qué tal ha ido la
tarde? ―
le preguntó antes de arrancar.
― Se me ha hecho un
poco larga, pero bueno, bien. Muy tranquila.
― ¿Muy cansado para
salir está noche?
― Un poco, pero si
hay que salir se sale.
después de que ella saliese de una bastante tormentosa. Se
conocieron, se cayeron bien y quedaron tres o cuatro veces más con sus amigos
antes de quedar a soplas, hasta que se hicieron pareja. Habían pasado un par de
semanas malas, pero lo arreglaron y ambos pensaron que ya estaba superado. Pero
hacía unas tres semanas, Belén le había dicho de probar a vivir juntos y él no
había dicho que no, pero tampoco le hizo especial ilusión, pues vivía solo y
estaba muy bien así.
― ¿Te apetece que me
quede este fin de semana contigo o no quieres visitas? ― le
dijo con sorna.
― ¿Ya empezamos? ― le
contestó ― te puedes quedar, pero la próxima vez avísame
al menos un día antes.
-- ¿Avisar? Soy tu
novia David. Nos conocemos bien, nada de lo que hagas en tu casa me va a
asustar.
― Sí, pero resulta
que es mi casa y me gusta que las visitas me avisen.
― ¿Para esconder a tu
amante? ― le dijo queriéndole gastar una broma porque
veía que la conversación se ponía tensa.
― Pero ¿qué
dices? ―
le contestó él sin pillar el tono de la chica ― no
hay amantes, pero si normas.
― Era una broma ― le
dijo ella malhumorada.
― Pues lo de las
normas, no.
― ¿Sabes qué? No te
preocupes que no voy a ir, y tampoco estás obligado a salir.
― Pero sino salgo te
enfadarás, como siempre.
― Pues no salgas, es
más, no quiero que salgas ― dijo, ahora sí, enfadada ―
quédate en tu casa y tranquilo que no voy a ir a molestarte.
La chica paró el Focus delante del edificio donde vivía su
novio, él bajó y se asomó por la ventanilla.
― Belén no te
enfades, ya sabes lo escrupuloso que soy con mi intimidad.
― Y por si tenía
dudas, me los ha dejado muy claro ahora mismo. Nos vemos.
Y se fue. Se quedó mirando cómo se alejaba, hasta que se
perdió de vista. Subió a su piso y se tumbó en el sofá, hasta el apetito se le
había ido. La verdad era que había sido un poco grosero con ella, pero el día
que se comprometieron como pareja él le dijo que era muy reservado con su
intimidad, lo sabía de sobra. Pero tampoco quería perderla porque la amaba. Así
que decidió que saldrá al bar y cuando estuviese con ella, le diría que sí, que
quería probar a vivir con ella. Se duchó, se arregló y se dirigió donde estaría
ella, si es que había salido. Cuando llegó, lo primero que notó que había más
gente de los normal y que no conocía a casi nadie. Miró por la barra y las
mesas pero no la vio. El camarero se acercó.
― ¿Lo de siempre,
David?
― Si.
El camarero le sirvió un botellín de cerveza.
― Gracias Ernesto.
Se quedó mirando hacia un rincón alejado, al otro lado del
futbolín, había dos personas y se quedó mirando porque una de ellas parecía
Belén….¡qué narices, era Belén! Y estaba
con otro tío ¿Qué hacían?
― ¡Joder, pero si
están enrollando!
Con determinación, pero con el corazón empezando a
resquebrajarse se acercó hasta ellos. El chaval era Sergio, el hijo de la de la
farmacia del barrio.
― Hola Belén ― le
dijo aparentando tranquilidad.
Ella se volvió y se quedó de piedra al ver a su novio. Miró
a Sergio, que también se había quedado de piedra. Ninguno supo que decir.
― ¿Es que se te ha
comido la lengua este?
― Escucha David,
entiendo que te enfades…― empezó
diciendo el otro chaval.
― ¡Tú cállate,
gilipollas! Esto es entre ella y yo.
Belén se empezó a desbloquear.
― ¿Qué estás haciendo
aquí?
― Te pillo dándote el
lote con esto ― dijo señalando a Sergio ― y
¿solamente se te ocurre eso? Pues verás, quería darte una sorpresa, pero quien
me iba a decir a mí, que me la iba a llevar yo.
― David, yo…
― Escúchame
joder ―
les echó a los dos una mirada rápida, mientras notaba las lagrimas
deslizarse por sus blancas mejillas
― he entrado en casa y he
reflexionado, me estaba sintiendo mal así que me he dicho, ves al “Abutardas” y
discúlpate, sé un hombre, y cuando te disculpes, le dices que sí, que quieres
vivir con ella.
A ella se le quebró la voz y las lágrimas también
aparecieron en su cara.
― David…
― Pero ¿sabes qué,
Belén? Que ya no me apetece vivir contigo, ni con nadie. Eso sí, gracias por
recordarme que el ser humano es despreciable.
― Escucha David, lo
que me ha pasado aquí, ha sido un error, era la frustración.
― Pues por mi puedes
seguir frustrada mientras te lías con este, pero hemos terminado.
Salió del bar rápidamente, no quería que nadie le viese
llorar. Se iba dolido porque en el fondo seguía amándola.
David siempre iba en el turno de tarde, no le gustaba
madrugar y además, ya se había acostumbrado. Ese lunes entró a trabajar con
mala cara. No hubo chistes, ni ganas de arrancarles una sonrisa a los demás, se
limitó a trabajar y cuando se dirigían a él, las malas contestaciones eran la
tónica general. La única novedad fue la llegada de una chica nueva a la máquina
de al lado de donde trabajaba él. Entró con el gerente, David ni les prestó
atención.
― David, te presento
a tu nueva compañera. Se llama Andrea y esperemos que este mucho tiempo con
nosotros, si puedes ayudarle en algo, le ayudas.
Echó un rápido vistazo a la chica. Era alta, delgada, el
pelo lo llevaba largo y castaño. También eran de las que siempre llevaba una
sonrisa en su rostro.
― Hola ― le
dijo muy seco.
― Hola David.
El no la volvió a mirar, tan seco, que hasta el gerente se
quedó mirándolo antes de marcharse. Llegó el encargado para enseñarle todos los
pormenores de la máquina y a las 9 de la tarde, ya la dejaron sola. Miró a
David.
― Eres poco hablador.
― ¿Y qué?
― Que tienes cara de
ser hablador, por eso me sorprende.
― Pues no lo soy.
― Yo creo que sí, pero
por algún motivo, piensas que el mundo es una mierda.
― Mira ― dijo
él volviéndose a mirarla ― no tienes la culpa de nada, ni quiero
contestarte mal, pero no quiero ni hablar con nadie, ni conocer a nadie ¿vale?
― Conmigo sí que
querrás hablar “Don hablador” ― le dijo Andrea sonriendo.
― Lo siento pero no,
contigo tampoco.
― “Don hablador”
vamos a pasar mucho tiempo aquí y a mí me gusta hablar, no te va a quedar otra.
Él la miró por primera vez más curioso que molesto.
― ¿Y qué te hace
pensar eso?
― El hecho de que ya
lo estás haciendo.
Era verdad. Sin despeinarse, esa chica le había hecho
conversar, de una manera poco ortodoxa, pero era una conversación al fin y al
cabo.
― Pero ya no la haré
más.
― Por hoy ― le
dijo ella ― porque ya te has soltado un poco y son casi
las diez. Y deja que te diga una cosa, nadie merece la pena para dejar de ser
tú. Nadie “Don hablador”
No le contestó, pero notó una mueca en boca ¿una tímida
sonrisa? Al día siguiente, Andrea ya estaba en su puesto de trabajo cuando
David llegaba, algo justo, de nuevo.
― Ya pensaba que no
venías “Don hablador”
― Oye Andrea, eres
una chica muy simpática, de verdad, y ojala te hubiese conocido en otras
circunstancias, pero no quiero tener cont5acto con la gente, soy antisocial.
― ¿Y por qué me
contestas siempre?
― Porque eres muy
cansina, tía.
― Ya lo sé.
Otra vez la sonrisa, y esta vez era una de las buenas, que
ni siquiera trató de taparla. Si David no quería hablar con ella, no lo
consiguió. La chica le tuvo toda la tarde de palique. Le contó porque no quería
ni hablar ni conocer a nadie. Ella le dijo que tenía treinta años, un hijo y un
novio, que no era el padre de su hijo. El miércoles, ya no hablaban solamente,
también reían. Hablaron de temas diversos en los que en casi ninguno estaban
de acuerdo, pero sentía que congeniaba con ella, aunque no quería nada con
Andrea, además de que tenía novio. Ella se convirtió, para él, en un refugio en
plena tormenta. En alguien que lo entendió y que hizo que se valorase más. En
definitiva, fue un soplo de aire fresco en su vida. Durante toda la semana, se
buscaban a la hora del almuerzo, si a él le ponían en otra máquina. Se había
convertido en una confidente. Se confesaron cosas que no le habían contado a
nadie, había feeling entre ellos. Así día tras días, mes tras mes. Hasta que a
falta de 15 días para que venciera el contrato de él, le dieron la noticia de
que no seguiría en la empresa, y así se lo dijo a su amiga.
― ¿Y que voy a hacer
yo sin ti, “Don hablador”? No será lo mismo, me caes demasiado bien, eres el
motivo por el que vengo con alegría.
A él le llegó al corazón esas palabras, aunque no se lo
dijo.
― Tú a mí también,
cansina.
Se sonrieron. Y ese fue el momento en el que supo que ella
le había agujereado el corazón. Ella lo había librado de la depresión, sin
tener apenas nada en común, ambos se buscaban a diario con la mirada.
― Lo he dejado con mi
novio.
― ¿Por? ― no
pudo dejar de alegrarse, pero no iba a dejar que ella lo notara ― ¿Qué
ha pasado?
― Es un egoísta,
solamente piensa en él, él y después él. Y no puedo con eso.
― Mal hecho, pero no
puedo dejar de empatizar con él.
― ¿Y eso por qué?
― Porque perderte
tiene que ser como si cayeras a un pozo y alguien pusiera una losa de mil kilos
para taparlo.
Ella sonrió.
― Que bonito, a la
par que tétrico ― dijo ella
― me tienes que dar tu teléfono
antes de que te vayas.
― Claro, no concibo
mi existencia sin mi cansina.
El último día de trabajo a última hora, le dio un papel con
su número apuntado.
― Espero saber de ti.
― Claro, bajaré algún
día a echar una cerveza contigo.
Se dieron un abrazo caluroso y largo, muy largo.
― ¿Sabré de ti
Andrea? ― le dijo mientras sentía como se rompía su
alma.
― Sabrás de mí.
Los días iban pasando y David, cada vez más angustiado
miraba el teléfono esperando un mensaje o una llamada que no llegaban. No quiso
darle su teléfono con la promesa de que ella le escribiría. De nuevo con el
corazón roto, se resguardó en la seguridad de su piso, donde lo había visto
hundirse nunca, esperaba una llamada que nunca llegaría y aunque fue
recuperándose, pues el corazón es increíblemente fuerte, Andrea no se podía
mover de su cabeza, como una vieja maldición. De alguna manera sabía que ella
le había amado e incluso seguía haciéndolo, como él a ella. Seguramente habría
vuelto con su novio y le habría elegido. Daba igual. A veces, hay personas que
se aman y no están juntas, aunque haya otras personas en su vida.