Ya llegaban al camping. Lo hacían en medio de un cielo cubierto de nubes negras que
amenazaban lluvia en cualquier momento. Marta, Leo, Fernando y su amigo Kiko, como le gustaba
que le llamaran, estacionaban el todoterreno frente a la recepción y descendían del vehículo.
Marta Vallejo era la más
joven del grupo, tenía dieciocho años, de estatura era más bien bajita, pues no
pasaba del uno cincuenta y cinco, su cuerpo era delgado, aunque no esquelético,
tampoco pesaba más de cincuenta y cuatro kilos. El pelo era la envidia de
muchas chicas de su pueblo, pues el color era muy inusual al tenerlo idéntico
al del chocolate, pero no todo acababa ahí, porque sus ojos, aunque llevara
lentillas, eran un calco al de su cabello. Marta tenía una particularidad que muy
pocos conocían, era bisexual.
-
¡Qué frío hace! – dijo.
-
Claro – le contestó Leo – si te hubieses
puesto más ropa, aparte de no tener los ojos de todos los tíos encima, tampoco
tendrías frío.
En efecto, la chica solo
llevaba unas ajustadas mallas moradas muy cincuenteras y una camiseta de
tirantes negra, para terminar, se había puesto unas botas marrones y negras. Marta
le sonrío, cogió una chaqueta morada que llevaba en la parte de atrás y se la
puso.
-
¿Mejor? – le dijo con cierta ironía.
-
Mucho mejor – les contestó ella sonriendo,
no sin menos ironía.
Saltaba a la vista que
Leonor Benítez, aunque no era la novia de Marta, estaba enamorada de ella, pero
no era bisexual, era lesbiana. Ella misma decía que solamente lo había probado
una vez con un hombre, y que no le hacía falta más veces. Tenía un carácter
celoso y agrio con los hombres, sobre todo con Kiko, pues sabía que siempre
estaba echando la caña a todas chicas fuesen lesbianas o no, pero suave y
agradable con las chicas, sobre todo con Marta. Tenía veintidós años, medía
cerca del metro ochenta, se podía decir que era la más alta de los cuatro, y
además no pesaba más de setenta kilos. Tenía el pelo negro como una noche en
alta montaña y unos ojos marrones claros que le conferían un rostro muy bello.
-
A nosotros no nos molesta cariño, puedes
quitártela – le dijo sonriendo Kiko a Marta.
Francisco José Rubio, más
conocido como Kiko, era todo lo que una chica que buscara una relación seria no
quería. Su aspecto nunca lo había cuidado mucho y no iba a empezar ahora.
Llevaba el pelo largo y poco arreglado, pero abundante. Era estirado, aunque no
llegaba a la altura de Leo. El encanto de Kiko estribaba en su humor siempre
excelente y en la labia que tenía. Ya había cumplido los veintiocho.
-
¡Eh capullo! – le regañó Leo – esas
idioteces te servirán con chicas desesperadas o que no se quieran, pero a ella
no se las digas eso porque pasa de tu culo. Y no se llama cariño, tiene nombre.
-
¿Estás segura? – le contestó este – quizá
cuando terminé el fin de semana su orientación sexual sea distinta.
Leo se volvió hacia el
chico como un resorte, pese a que era muy femenina, no le asustaba la
confrontación con un hombre.
-
Ya vale – se metió Fernando mirando a Kiko
– cállate la boca un rato, tío.
Fernando Robles no era el
tipo más atractivo del mundo, pero su insistencia con las chicas y su experiencia,
pues contaba con treinta años, le hacían tener algún que otro triunfo sonado. Físicamente
era muy normal, un tipo de metro setenta y cinco, con sus setenta kilos más o
menos, el pelo castaño y unos ojos verdes que el mismo Fernando pensaba que
eran lo mejor de él. Usaba unas gafas modernas y que le daban un aspecto
tremendamente intelectual, pero que él mismo no se consideraba. Casi siempre
vestía con sencillos vaqueros y alguna camiseta, pues así se sentía cómodo.
-
Dejad de comportaros como críos y vamos a
ver el número de parcela que tenemos, a ver si conseguimos montar las tiendas
antes de que caiga el Diluvio Universal – les dijo Marta.
Los cuatro amigos
llegaron hasta la ventanilla de recepción y vieron que el hombre estaba mirando
la gente que tenían alojada, si el libro de registros era de ese día, solo
había una caravana instalada. Ese hombre ya era mayor, no anciano, pero si
tendría unos sesenta años, era delgado pero no muy alto, tenía toda la pinta de
estar amargado. Leo se adelantó a los demás.
-
Oiga, llamamos el miércoles para revesar
plaza.
El hombre levantó la
vista y miro a las dos chicas que tenía frente a él.
-
¿Cómo te llamas?
-
Leonor Benítez.
Rebuscó por unos papeles
que tenía en un archivador y después de un minuto más o menos, sacó un papel
con el nombre de Leo, después volvió a mirar a las dos mujeres.
-
¿Qué va a ser?
-
¿Perdón? – dijo Leonor
-
¿Cuántas cosas lleváis?
-
¡Ah! – la muchacha le sonrío – cuatro
adultos, dos tiendas y un coche.
-
Solo tenemos una parcela que está ocupada,
de las demás podéis elegir la que queráis – después miró a los dos chicos – y
vosotros a ver que vais a hacer con ellas, no quiero escándalos.
-
Oiga – le dijo Leo mirándolo – no se meta
en lo que no le importa.
El hombre las siguió con
la mirada mientras los jóvenes se metían de nuevo al coche, saludaban al viejo
y se perdían en el interior del camping.
-
Este es buen sitio, no está cerca del baño,
pero tampoco en la otra punta – anunció Marta.
-
¿Esta te gusta, cielo? – le dijo su amiga
– pues aquí nos quedamos.
-
Me encanta como cuentan con nosotros – se
quejó Kiko.
Entre los cuatro montaron
las dos tiendas y prepararon todo para echarse a dormir, pese a que todavía
eran las doce de la mañana. Después las chicas entraron en su tienda y cuando
salieron lo hicieron con una camiseta de tirantes y debajo un pantalón corto,
pues una vez acostumbradas al nuevo clima, ya no tenían tanto frío.
-
¿Te has dado cuenta, tío? – le dijo Kiko a
su amigo – salen los dos iguales, están todo buenas.
-
Ya lo veo Kiko, muy buenas – le contestó mientras
se chocaban la mano.
-
Deja de mirarme embobado – le decía Leo –
y empieza a asumir que no me vas a catar, te harías un favor.
Pero esta vez, Leo se
equivocaba. Kiko miraba más allá de ella, hacia la única caravana del camping.
-
No te miro a ti preciosa – dijo mientras
señalaba con la cabeza – una mujer realmente guapa.
La mujer tendía la ropa
en unas cuerdas situadas en la ventanilla de la parte de atrás de la caravana.
Era alta y aunque todavía se conservaba delgada, se le notaba que era cuarentona.
Estaba en bikini haciendo las tareas de la caravana. Su melena rubia ondeaba al
poco viento que se movía, aunque enseguida terminó y se metió de nuevo en la
caravana.
-
Diez euros a que se la tira – les dijo
Fernando a Marta y Leo.
-
Te acepto la apuesta – le contesto Marta –
pero yo digo que no.
-
¡Hombres! – dejó caer Leo, para acto
seguido mirar a Marta – y tú también, sois todos iguales. Vamos a comer anda.
A las cuatro de la tarde,
ya habían comido e incluso se habían quedado un rato traspuestos en las
hamacas, por fin abrieron los ojos y Fernando fue el primero en levantarse. Los
otros tres le siguieron.
-
¿Qué hacemos esta tarde? – preguntó Marta.
-
Yo me acercaré hasta la caravana, después de
darme una ducha, a ver quién es esa mujer – les informó Kiko.
-
Yo casi me voy a ir a duchar – le dijo Leo
cogiendo su neceser y ropa interior para cambiarse.
-
Si me esperas voy yo también – le dijo
Marta.
-
Claro.
-
¿Y tú que vas a hacer? – le preguntó Marta
a Fernando.
-
Ya me lo pensaré – le contestó este – y
cuando se me ocurra algo voy a la ducha y te lo digo.
-
Pues si tardas, igual tengo que ducharme
con Leo.
Las dos chicas se rieron.
En realidad, el chico si pensaba ir y probar ¿Qué podía pasar, que le dijeran
que no? Tampoco sería la primera vez, así que dejo que se alejaran un poco.
-
¡Eh, tío! Mira lo que he traído.
Kiko
sacó de un bolsillo una bolsita de dos gramos de speed, se adentró en la
tienda, extendió una generosa cantidad en uno de platos de plástico y empezó a
hacer dos buenas rayas, Recogió la droga, se metió la suya y señaló a su amigo
para que fuera. Fernando se adentró en la tienda y se metió la suya.
-
Gracias, tío. Es lo que necesitaba para ir
a ver a Marta a la ducha ¿te he dicho alguna vez que te quiero? ─ dijo
soltándole un buen pico en la boca.
-
Si me das la mitad de lo que me ha costado
estaría bien ─ después miró a su
amigo ─
pero con el beso que me has dado, te lo perdono, cariño.
-
No me llamo cariño, tengo nombre ─ le
contestó.
Y
se echaron a reír.
Después de la ducha, Kiko
había llegado hasta la caravana de donde había salido la mujer, no sin escuchar
a las chicas desde el baño de hombres, pues en el techo había un conducto de
ventilación abierto, algún gemido suave, para después oírse un portazo y a los
dos minutos escuchar más gemidos y algún grito de Marta. Seguramente sería su
imaginación, así que no pensó más en el tema. Lo que no había sido su
imaginación era el grito de una chica llamando a su padre, pero eso a él no le
incumbía. Llamó a la puerta y a los pocos segundos abrió la mujer, con el
bikini que llevaba hacía un rato y cara de aburrida.
-
Hola – le dijo - ¿qué deseas?
-
Si me abres así, conocerte – le dijo Kiko
con total osadía.
A ella se le dibujó una
pequeña sonrisa en la cara, pero pronto se le quitó y bajó los dos escalones de
la caravana.
-
Tú eres uno de los chicos que han llegado
antes ¿no es cierto?
-
Si.
La mujer no dejaba de
mirar hacia los servicios, Kiko se dio cuenta.
-
¿Esperas a alguien?
-
Mi marido ha ido a duchar a mi hija la
pequeña y la mayor ha ido a ducharse también- se quedó mirando a Kiko.
-
¿Estás casada? ─ dijo como si le
importara.
-
Si, anda vete antes de que venga mi marido
─ le dijo ella ─ ¿Qué edad tienes tu?
-
Veintiocho ¿y tú? ¡Espera, no me lo digas!
¿Treinta y cinco?
-
Yo tengo cuarenta y dos.
-
¡Caramba! ¿Quién lo diría?
La mujer, ahora sí,
sonrío de verdad.
-
Me llamo Carla.
-
Yo me llamo Kiko.
-
Entra – dijo echando un nuevo vistazo
hacia la zona del baño.
Kiko subió, la mujer le
acompañó y una vez dentro se dio la vuelta para cerrar con el pestillo. Fue ese
momento el que aprovechó Kiko para plantarle las manos en el trasero, darle la
vuelta y pegarse a su cuerpo, pero ella trató de apartarlo.
-
¡No! Mi marido y mis hijas no tardarán en
llegar.
-
Venga va – dijo cogiéndola de los glúteos
y sentándola en la mesa más firme que pudo ver.
-
Mira Kiko, mi marido es el padre de mis
hijas y no quiero…no quiero…no…no…
Mientras Carla tartamudeaba,
él le quitaba la parte superior del bikini, de una forma nada habitual. Ella,
en un intento por agarrarse, apoyó sus manos en lo primero que vio y eso fue la
barra de la cortinilla del ventanuco. Unos segundos después la cortinilla, con
la barra y algunos libros cercanos, estaban por el suelo, mientras Carla seguía
agitándose.
-
Mi fami…mi familia…no tarda…ra ¡Joder!
Él no le hizo ningún caso,
su objetivo era calmarla.
Fernando cogió sus cosas,
las chicas ya se habían ido a la ducha y Kiko también, así no metería las
narices en ese asunto. Cogió su kit de ducha y salió hacia los servicios.
Cuando llegó a la bifurcación de la puerta femenina con la masculina, miró a en
todas direcciones. Nadie. Así que entró en el de las chicas.
Unos baños espaciosos,
limpios, con cinco duchas, cinco lavabos y cinco urinarios, le dieron la
bienvenida. Cuando levantó la cabeza vio a una chica de unos quince o dieciséis
años mirándole. La chica era realmente guapa. Estaba acicalándose delante del
espejo, con un conjunto muy mono de ropa interior, ni se inmuto a pesar de la
presencia de un chico. Era pelirroja natural, con el pelo cayéndole en cascada
por la espalda, sus ojos azules le daban un aspecto de lo más interesante y
todo eso sin contar su cuerpo delgado y atlético.
Ambos se quedaron
mirando:
-
Hola – dijo la joven susurrando – me llamo
Paula ¿y tú?
-
Fernando – le contesto también en voz baja
por si le escuchaban Leo y Marta.
-
No te preocupes, no voy a decir nada.
Aunque me gustaría que ahora entrase mi padre, haríamos como que estábamos
enrollados y se pondría hecho una furia.
La
chica era muy lanzada, tenía cuentas pendientes con su padre o estaba como una
regadera, pero no iba a hacer el tonto con una cría, y menos si el padre estaba
cerca. Su objetivo era meterse en la ducha con Marta, así que trató de
quitársela de encima.
-
Paula, si quieres hablamos más tarde, pero
he venido para…
-
Sé para qué has venido - dijo ella mirando
hacia la única ducha donde se escuchaba el agua y algún leve gemido – están ahí
y no se han debido dar cuenta de que estás.
-
Creo que te confundes, una de esas chicas
es les…
La chica se acercó a
Fernando sin ningún miramiento y se pegó a su cuerpo para decirle al oído…
-
Sígueme el juego, pero después me cuentas
lo que les vayas a hacer.
Él estaba estupefacto, ella
se fue hacia la puerta de los lavabos, luego se volvió hacia el interior y
gritó a pleno pulmón:
-
¡Papa, hay un chico en las duchas de las
chicas! ¡Papa ven!
Fernando llamó a la
puerta donde estaban sus amigas y Marta abrió, sin esperar a explicar nada, se
metió con ellas y cerró con cerrojo. Las dos mujeres se quedaron alucinadas
mientras se tapaban sus partes nobles.
-
¿Qué haces aquí? – le dijo Leo- sal,
vamos.
-
Dejadme estar aquí, la cría esa está
llamando a su padre y paso de que me vea.
-
Haberlo pensado antes de enrollarte con
ella, vamos sal ─ se impacientaba Leo.
-
Déjalo, Leo – se metió Marta – y nosotras
vamos a seguir a lo nuestro.
Muy reticente, Leo se
pegó al cuerpo de su amiga y siguieron besándose ante la mirada de Fernando,
que solo llevaba el bóxer. Conforme las dos chicas iban sintiéndose más a
gusto, olvidaron que su amigo estaba allí con ellas y empezaron a morderse los
labios, con insistencia, pero suavidad. Mientras tanto, su amigo colgaba su
toalla y sonreía. Las dos chicas seguían sus juegos de besos hasta que Marta
notó una mano en su trasero. En principio pensó que era de Leo, pero al darse
cuenta de que las manos de ella estaban alrededor de su cuello, volvió la
cabeza. En efecto, confirmó que eran las de Fernando que se había unido a la
fiesta y estaba tocándole el culo, mientras se pegaba a su amiga. Estiró la
otra mano y empezó a tocarle las nalgas a Leo, pero está se volvió hacia él:
-
Tranquilito, tocar es más caro.
Pero él, curtido en decenas
de batallas sexuales, no le hizo el menor caso, y cuando terminó ella de
decirle esas pocas palabras, se separó de Marta para poner sus dos manos en los
pechos de Leo y después apoyarla en la pared. Llevada por el frenesí de la
situación, ella se dejó hacer y por eso, enseguida vinieron los besos en las
respectivas bocas. Tan juntos estaban que sus cuerpos parecían fusionados.
Marta empezó a impacientarse, y por primera vez aparecieron los celos.
-
Ya vale Leo, me toca a mí.
La mujer siguió sin hacer
el menor caso de ella, tampoco él le hacía caso, se iba a quitar el bóxer, ya
mojado por el agua y empezó a buscar la vagina de Leo, pero esta le paró.
-
No, corazón. No te quites eso que no la
vas a meter.
-
¿Por qué?
-
Porque no me gustan los tíos, ni los
listillos ─ le decía ella mientras el seguía pegado a su cuerpo.
-
Pues nada ─ dijo Fernando separándose de
Leo ─ luego volvemos.
-
Ni lo sueñes, esto no volverá a pasar.
-
Ya veremos – dijo Fernando sonriendo – ya
veremos.
-
No hemos quedado satisfechos ninguno de
los tres ─ dijo Marta.
Abrieron la puerta y se
encontraron con Paula. Ninguno de los tres esperaba que estuviese ahí, por lo
visto se había quedado escuchando detrás de la puerta. Ni tan siquiera se había
molestado en vestirse. Fernando se fijó y pudo comprobar que los pezones se le
estaban marcando en su sostén.
-
Hola Fernando – dijo la niña con una
sonrisa – ¿te quedas conmigo?
Él miró a sus amigas que
lo miraron estupefactas.
-
Dejadnos solos – dijo a sus amigas
mientras miraba a Paula.
-
Qué la disfrutes – dijo Leo mientras salía
por la puerta con Marta.
Cuando se quedaron solos,
él se acercó a Paula mirándole la boca, pero ella sonrió.
-
¿Qué les has hecho? Cuéntame los detalles.
Es que las escuchaba gemir y me excitaba hasta yo.
Se acercó más a ella sin
decirle nada, solo miraba su boca, y por fin se abalanzó sobre ella y empezó a
besarla. Paula ni siquiera se molestó en apartarse, primero le entregó sus
labios y después se entregó ella. Él la levantó para sentarla en el lavabo
mientras seguían besándose sus respectivas bocas y le quitó el sujetador
mientras la seguía besando, casi al momento escuchó unos pasos en el servicio y
cuando levantó la cabeza ya era demasiado tarde. El padre de la chica estaba de
pie en la puerta, mirando lo que aquel hombre le hacía a su hija. Llevaba a su
hija pequeña de la mano, la cual también miraba, más divertida que preocupada.
-
¿Qué hace ese señor con Paula? – dijo la
niña.
-
¡Suéltala! – dijo el hombre haciendo caso
omiso del comentario de su hija – y aléjate de ella.
Estaba fuerte, su padre
estaba hecho un toro. No tenía grasa y se le veía rápido, Fernando pensó que,
si le pillaba, lo dejaría para alfombra.
Paula bajó de un gracioso
saltito al suelo se puso la camiseta y haciendo gala de una frialdad increíble,
se atusó el pelo delante del espejo. Recogió sus cosas y cuando pasó al lado de
Fernando le lanzó una mirada de complicidad. Después fue hacia su padre, lo
aparto unos centímetros mientras disimulaba abrazándolo y el chico aprovechó
ese instante para salir corriendo. El hombre salió detrás de él, pero Fernando,
que también era rápido, ya estaba subiendo por el sendero que había detrás de
la caravana. Había pasado por al lado a toda velocidad, aun así, le había
parecido oír a alguien hablar a susurros tanto de mujer como de hombre ¿Kiko?
Tenía que ser, porque el marido estaba persiguiéndolo a él. Empezó a subir por
el sendero que había detrás de la caravana hasta que llegó a un llano, en el
cual un prado muy verde era acompañado por 3 bancos de piedra, en plan
merendero. El padre de Paula ya no le seguía y se sentó en uno de los bancos
para descansar y pensar en cómo volver sin ser visto, cuando un gruñido poco
amistoso sonó detrás de él.
Kiko y Carla todavía seguían
en la mesa donde acababan de terminar de hacer el amor. La mujer se incorporó
todo lo que el peso del cuerpo de su amante le permitió. Y escuchó.
-
Algo está pasando ahí fuera – le dijo susurrando.
-
Pues que se vayan todos al infierno.
-
¡No! Alguien viene, y es muy probable que
sea mi marido o mi hija.
-
¡Hostias! – juró mientras se subía la ropa
rápidamente.
Alguien había pasado
rápidamente por detrás de la caravana y tomaba el sendero. Al minuto llegaba
alguien jadeando y se paraba justo en la puerta. Después llegaba Paula.
-
Muy bonito papá, sales corriendo detrás de
él y dejas a Lucía sola en el baño.
-
Tengo que coger a ese cabrón.
-
¡Papá, no me ha hecho nada!
-
¡Pero iba a hacerlo!
Carla se puso su dedo
índice en la boca mientras miraba a Kiko, después se acercó a su oído y le dijo
muy despacio.
-
Ahora salgo yo, entre la puerta y yo
taparemos su visión, aprovecha ese momento.
Kiko, pese a lo vacilón
que era, tragó saliva. Carla abrió la puerta y se puso a continuación de ella,
como si fuera la prolongación de un camino.
-
¿Qué pasa cariño?
-
Uno de los chicos que han venido esta
mañana, estaba…no sé qué le hacía, pero estaba con Paula y ella estaba en
bragas ¡Joder!
-
¡No es para tanto, mamá!
¿Pero qué había hecho
Fernando? Ahora mismo no podía preocuparse de ello, mientras Carla conversaba
con su hija y su marido, Kiko salió de la caravana y se fue camping abajo.
Un lobo enorme estaba
mostrándole los colmillos, mientras se acercaba poco a poco. ¿Qué podía hacer?
Si echaba a correr era pan comido, si gritaba pidiendo ayuda también le iría
mal, la única solución que se le ocurrió fue quedarse lo más quieto posible a
ver si al lobo le daba por largarse de allí. Y dicho eso echó un paso hacia
atrás con tan mala suerte que se trastabilló con sus propios pies y cayó al suelo
de manera brusca. Lo último de lo que se dio cuenta fue que tenía al animal
encima mordiéndole el brazo que utilizaba para proteger sus partes íntimas,
después se desmayó.
Cuando despertó ya estaba
anocheciendo, no sabía cuánto tiempo había estado desmayado, Fernando intuía
que tres o cuatro horas seguro. Poco a poco se fue levantando, y entonces
empezó a dolerle, se miró el brazo y vio todas dentelladas marcadas, había salido
sangre, pero inexplicablemente se había cortado. Buscó el sendero para volver con sus amigos,
pero se paró en seco, el lobo seguía sentado ahí, menos expectante, pero
mirándolo atentamente. De nuevo, el chico se estuvo quieto, pero cuando el lobo
se levantó se dio cuenta de que no llevaba el pelaje erizado, síntoma de que no
iba a hacerle daño. El animal se acercó a él, olisqueó la herida del brazo y
empezó a lamérselo. A continuación, y para asombró del chico, la herida comenzó
a cicatrizar.
-
¿Cómo es posible?
De nuevo se miró el brazo
para asegurarse, y sí, estaba curándose. Miró al cánido y poco a poco acercó la
mano que tenía libre a su lomo para acariciárselo. El animal no hizo ningún
movimiento extraño y siguió lamiéndole el brazo. Cuando terminó, miró a
Fernando y después salió corriendo hacia la noche oscura.
-
¡Fernando!
Levantó la cabeza y
escuchó, como si estuvieran ahí mismo, la voz de sus amigos al llamarle ¿cómo
era posible? Sus orejas habían mutado, ahora eran puntiagudas, aunque lógicamente
él no lo sabía. Más sorprendido se quedó cuando al focalizar la vista vio que
era perfecta, era casi de noche oscura, pero que cojones, veía como si tuviese
al maldito sol encima de él. Escuchaba y veía a los animales nocturnos moverse
entre las sombras ¿qué le había hecho ese lobo?
-
¡Fernando!
De nuevo como si Marta,
que era la que le había llamado, estuviera a su lado. Ya era hora de volver,
así que se puso a caminar hacia el camping, notándose ligero y con ganas de
comerse el mundo.
-
¿Dónde coño se habrá metido? – decía Marta
mirando a todos lados.
-
Está claro lo que ha pasado, se estaba
tirando a la nena y los pilló su padre, y claro, ha salido por piernas – dijo
Leo señalando hacia la caravana de la familia.
El padre estaba mirando hacia
todos lados, ahora había cogido un trozo de madera de un metro y esperaba que
Fernando apareciese, mientras Paula jugaba con su hermana tirándose las dos por
el césped de su parcela. Carla ponía la mesa y de vez en cuando lanzaba miradas
a Kiko, el cual hacía un rato que ya había vuelto con las chicas.
-
Pues sí que es listo, si – dijo Kiko
mientras miraba hacia Paula.
-
Sí que es listo si – repitió Leo – ahora
ya puede ir con veinte ojos, precisamente por listo.
Por el sendero, tranquilo
como nunca, apareció Fernando, sin esconderse, caminaba hacia la tienda de sus
amigos de manera despreocupada, hasta que el padre de Paula lo vio y fue hacia
él. Sus tres amigos se levantaron y también se acercaron.
-
¡Tú! ¿Qué le has hecho a mi hija? ¡Es una
niña! – le dijo blandiendo el trozo de madera a escasos centímetros de su
rostro.
-
Pero ¿es que todos de tu familia
preguntáis siempre que le hacemos a la gente? Paula me lo ha preguntado
antes…de que entrarás y nos amargaras la fiesta -- le contestó mientras sus
amigos llegaban.
-
¿Qué pasa? – dijo Kiko empujando al
hombre.
-
Eres un chulo porque están aquí tus
amiguitos ¿eh? – le dijo haciendo caso omiso del empujón.
También Paula llegó donde
estaba la discusión.
-
Olvídame ─ le dijo mientras miraba a Paula
y le salía algún gruñido
-
¿Y
por qué gruñes cuando hablas?
-
No me hacen falta mis amigos para
despellejarte vivo. Y gruño si me sale de los cojones.
Esas
fueron las palabras mágicas para que todo se desencadenara, el hombre quiso
agredir a Fernando con el pedazo de madera, pero este, increíblemente rápido, esquivó
el golpe y le quitó la madera sin mucho esfuerzo, después levantó al hombre del
suelo cogiéndolo del cuello.
-
Me follaré a tu hija cuando me de la gana
– le dijo con un revuelto de gruñidos, palabras y bufidos.
Después, ante el asombro de
todos los presentes, lo lanzó hacia su propia caravana, al estrellarse rompió
el cristal del ventanuco y las cuerdas que sujetaban la ropa tendida, mientras
el hombre se retorcía mirándose todos los cortes que llevaba. Miró a todos,
especialmente a Paula, que estaba alucinada, y se fue hacia su tienda de
campaña.
-
Tío ¿de dónde has sacado tanta fuerza? –
le dijo Kiko.
Fernando se levantó
visiblemente nervioso, miraba a sus amigos, y se miraba a sí mismo. Solo Marta
se dio cuenta del origen de sus nervios.
-
¿Por qué te ha salido tanto pelo? – le
preguntó.
-
No lo sé, tampoco entiendo porque gruño
cuando hablo.
-
¿Te estás convirtiendo en hombre lobo? –
le dijo Kiko de medio cachondeo.
-
Deja de decir estupideces – le dijo Marta.
-
Antes, en el prado de arriba, me mordió un
lobo. No es broma.
Más
gruñidos.
-
El lobo me mordió en el brazo y me
desmayé. Cuando he despertado me he dado cuenta de varias cosas, genéticamente
soy casi perfecto. Tengo la visión de un lobo, su olfato, su vista, su oído, su
velocidad y su fuerza. La herida que el mismo animal me hizo en el brazo, la
curó lamiéndome, así que igual no es ninguna estupidez lo de convertirme en
hombre lobo – después se quedó mirando a sus amigos y se quitó la camiseta- ¿lo
veis?
Su torso, igual que sus
brazos y piernas, estaba cubierto de pelos.
-
Tenemos que buscar un médico – soltó Marta
– y sin excusas.
-
Pero déjame darme una ducha antes, el lobo
me ha dejado lleno de babas.
-
Está bien. Cinco minutos mientras sacó el
coche – dijo Marta.
Fernando se fue solo
hacia la ducha, pasando por la caravana pudo escuchar como Paula y su padre
discutían.
-
Dime ¿qué te ha hecho?
-
¿Otra vez? Nada papá, solo besarme.
-
¿No ves que tiene pinta de ser un
pederasta?
-
¡No exageres!
De nuevo se sintió
furioso ¿un pederasta? Eso no se lo iba a perdonar, una furia muy poderosa se
fue apoderando de él mientras se metía en el baño de hombres. Una furia tan
brutal que cuando se miró al espejo no se reconoció, solo vio un lobo que
caminaba como un hombre. Trato de hablar, pero de su boca solo salían gruñidos,
medio loco empezó a gruñir más fuerte, mientras daba puñetazos a los cristales
y estos cedían ante semejante demostración de fortaleza.
Leo y Marta, habían ido
sacando el coche, mientras Kiko recogía algunas cosas dentro de las tiendas,
pues les daba la impresión de que la noche iba a ser larga y no por estar de
fiesta. Estacionaron frente a la ventana de recepción donde el viejo las miraba
cada vez que pasaban, después entraron al baño de los chicos y vieron el
desastre, la ropa de Fernando en un rincón, cristales por todos lados, lavabos
rotos y las puertas rasgadas por unas uñas extremadamente afiladas. Algo andaba
muy mal, pero ni Marta ni Leo se imaginaban hasta qué punto.
Fernando, que ya tenía
poco de él mismo, se levantó cubierto de pelo, la musculatura estaba totalmente
marcada. Se asomó a la calle y agudizó el oído. De la caravana de Paula salía
el sonido de una televisión, la respiración de alguien que estaba durmiendo y
las hojas pasar de un libro. Un poco menos nítido le llegaba la voz de Kiko
maldiciendo por estar como estaba. Por otro lado, el motor de un coche paraba y
alguien descendía. Por fin se decidió y salió en dirección a la parcela que
tenían alquilada, donde estaba su amigo.
-
¡Maldito capullo! – decía Kiko en voz alta
– mira que decir que le ha atacado un lobo…
Algo gruñó detrás de él,
salió de la tienda de espaldas y cuando volvió la cabeza se encontró a Fernando,
pero no al chico que era su amigo, si no un lobo enorme.
-
¡Joder!
El animal le asestó un
zarpazo, marcándole la cara. Kiko se quedó aturdido, aunque por desgracia para
él no se desmayó, pues el cánido le abrió en canal y empezó a sacarle las
tripas mientras se las llevaba a la boca.
Vicente estaba viendo el
televisor, en un sofá de la caravana se encontraba Paula leyendo una novela,
Carla ya había acostado a la pequeña Lucía y se había puesto a ver la
televisión.
Vicente era un tipo
celoso por naturaleza, de no ser por la edad y por la orientación sexual de Leo,
habrían sido la pareja perfecta. Era alto y además estaba fuerte, de ir al
gimnasio. El pelo lo había perdido casi todo y siempre vestía con sandalias,
pantalón corto con bolsillos a los lados y camiseta, cuando se iba de
vacaciones. El hombre era autoritario hasta con su hija mayor, a la que no le
quitaba el ojo de encima.
-
Paula, no quiero que vayas sola por el
camping, no me fío de ese tío.
-
Mira que eres pesado – le contestó su
hija.
-
¡No!
¡Déjate de tonterías, no quiero que salgas de la caravana!
-
¡Pues tienes un problema, porque tengo que
ir al baño!
-
Pues iré contigo.
-
¡No! No vienes conmigo – le contestó Paula
levantándose enfadada.
-
Vais a despertar a Lucía – les dijo Carla.
-
Me voy al baño – les dijo Paula.
Vicente se levantó para
acompañarle, pero Carla le paró los pies.
-
Haz las cosas bien, si no te fías de ese
chico, no seas tan claro, ya voy yo a acompañarla, estará vigilada y no se
sentirá humillada.
-
Tienes razón. Anda corre.
La mujer salió de la
caravana tras los pasos de su hija, Vicente se quedó mirando la tele, aunque
duró poco, se levantó y apartó la cortina de la ventanilla. Miró hacia la
oscuridad en el momento que justamente, pasaba alguien rápidamente. Sería el
pederasta. Antes le había sorprendido, pero si ahora no estaban sus amigos le
daría una buena tunda. Rápidamente abrió la puerta de la caravana, pero todo
estaba tranquilo, a lo lejos vio como Carla llegaba a los servicios, pero nada
más, volvió la vista hacia las tiendas de los jóvenes pero todo estaba
tranquilo, parecía que no estaban. Volvió de nuevo la cabeza hacia los
servicios.
-
¡Hostia!
No
era el chico, sino un lobo enorme caminando sobre dos patas ¿qué coño era eso?
No pudo contestarse, el lobo lo cogió del cuello, lo levantó y lo lanzó
violentamente contra el suelo, algunos huesos se rompieron, pero el animal no
había acabado con él. Lo volvió a levantar con una furia incontrolable y esta
vez le retorció el cuello, más ruidos de huesos rotos y la cabeza colgando fue
suficiente para que Vicente muriese. El cánido echó un vistazo al interior de
la caravana, alguien dormía, pero entonces escuchó a Paula hablar con su madre
y a ella contestarle y decidió ir a por ellas.
Las dos chicas se
dirigieron de nuevo hacia recepción, el hombre estaba mirando una revista
pornográfica que ni siquiera se molestó en esconder cuando Marta y su novia se
asomaron.
-
Oiga – empezó Marta – tenemos un problema.
-
¿Qué os pasa? ¿Vuestros amigos se han
hecho maricas? – dijo echándose a reír y mostrando unos dientes amarillentos y
rotos.
-
¡Joder, esto va en serio! – le dijo Marta
– a uno de nuestros amigos le ha mordido un lobo.
-
¿Un lobo? ¿Te crees que los lobos bajan
hasta el camping para morder a la gente y luego irse? – el hombre se puso de
pie – si un lobo ataca a un humano, lo mata.
Se volvió a sentar y después
añadió:
-
Además, los malditos cazadores furtivos
han conseguido que los pocos que quedan por aquí no se les pueda ver ni con
prismáticos.
-
¡Oiga! – le dijo Marta – ¡le estamos
diciendo la verdad!
Y entonces, como si en la
lejanía lo hubiese escuchado, los tres oyeron el grito agonizante de una chica.
El hombre se levantó y con la agilidad que sus maltratadas piernas le dejaron,
trato de seguir el ritmo de Marta y Leo mientras se dirigían al baño.
Paula ya había llegado al
baño. Odiaba a su padre con todas sus fuerzas, estaba buscando meterse en uno
de los retretes, cuando unos pasos detrás de ella hicieron que se volviese un
pelín asustada, pero era su madre, que entraba en ese momento.
-
¿Te ha mandado él? – le dijo su hija,
molesta.
-
No hija – ya sabes que yo no soy como tu
padre, pero ¿ese chico te forzó?
-
¡Mamá! No me hizo nada.
-
Vale hija, confío en ti.
-
Ahora salgo – luego se quedó mirando a su
madre – anda espérame si quieres, no me importa.
La chica se sentó en el
retrete y se quedó pensativa, realmente su madre no era como su padre y si
había ido era porque estaba preocupada, así que no debería haberle hablado en
ese tono.
-
¡Mamá! – perdona, no quería hablarte de
ese modo, incluso sé que papá no es malo, pero es que me saca de mis casillas
que siempre este vigilándome.
Paula guardo un momento
de silencio, un elenco de pequeños gritos acompañados de gemidos, gruñidos y
jadeos hicieron acto de presencia en el baño.
-
¿Mamá? ¿Estás bien?
Más gruñidos, gritos y
forcejeos. Un segundo después una extraña calma reinaba en el cuarto de baño.
Paula se subió el tanga, el pantalón corto y se puso de pie. Otro segundo después
un enorme lobo de dos patas tiraba la puerta abajo a base de zarpazos y
puñetazos. La chica no podía soltar un grito, se había quedado absorta mirado
al lobo. El animal la cogió con una mano y la lanzó a los lavabos. Paula se dio
en la cabeza y dejó un punto de sangre, aunque todavía era consciente. El lobo
volvió a por ella para agarrarla otra vez, rasgó su ropa, pero la chica se
aferró a su fornida lomera, aunque no pudo evitar que la volviera a golpear
contra los lavabos, dejando todavía más sangre. Ante semejante zarandeo, Paula
miró hacia abajo y pudo y ver que detrás del animal la cabeza de su madre la
miraba desde unos ojos sin vida. Eso era demasiado, la chica iba a desmayarse,
pero aun sacó fuerzas de flaqueza para lanzar un tremendo grito, acto seguido,
el cánido la miró y de un zarpazo le arrancó la cabeza que se fue rodando hasta
donde estaba la de Carla.
Marta, Leo y el hombre de
recepción, que se llamaba Bernardo, llegaron al cuarto de baño, y lo primero
que vieron fueron los cuerpos decapitados de Paula y su madre. Marta se acercó
hasta el cuerpo de la chica y se quedó mirándola.
-
¿Qué has hecho Fernando? La has violado.
-
No es él, es un hombre lobo – le dijo Leo.
-
¡Los hombres lobo no violan a las mujeres
antes, joder!
-
Pues no lo sé, pero es probable que eso
─dijo señalando hacia sus partes íntimas ─ también se desarrollara en él.
-
Yo que vosotras – dijo Bernardo – me iría
a poner ropa.
-
Voy a la caravana, traeré a Kiko y algo de
ropa, aunque no creo que sirva de nada. Vosotros quedaros aquí y si viene
esconderos donde podáis – les dijo Leo – eso sí, no hagáis nada de ruido porque
si no él os encontrará.
Leo se acercó a Marta y la
besó, no era la primera vez, Bernardo se quedó mirándolas, quizá si conseguía
que ellas saliesen con vida, podría…
-
Vuelvo enseguida – les dijo Leo.
Bernardo se quedó mirando
a Marta, la mirada era lasciva, pero sabía que se estaban jugando la vida, así
que le preguntó.
-
¿Qué hacemos hasta que venga?
-
Escondernos en uno de los retretes –le
dijo Marta – pero ni respire.
Los dos se metieron en el
segundo excusado y cerraron la puerta. El espacio era reducido y ambos tenían
que estar muy apretados. Bernardo miraba a Marta, la cual empezaba a sentirse
incomoda, pero ansiosa por sobrevivir decidió callarse y esperar.
Leo miró a todos lados
antes de salir, no parecía haber lobos en la costa, así que, aprovechando sus
largas piernas, corriendo hacia la parcela donde estaban instalados. La
muchacha pasó por la caravana de la mermada familia, sin darse cuenta del
cadáver que había en la puerta de esta. Conforme se acercaba a su tienda vio un
bulto grande en el suelo, y contra más cerca estaba, la mancha roja crecía,
entonces Leo lo tuvo todo claro. Kiko ya estaba muerto y con las tripas, o lo
que quedaba de ellas, en el suelo. Hizo ademán de vomitar, aunque pudo
contenerse. Cuando se recompuso, buscó rápidamente ropa para las dos y de nuevo
salió corriendo hacia los servicios. A su paso por la caravana se detuvo en
seco, ahora sí, había visto el cadáver de un hombre, el padre de la niña que
había querido agredir a Fernando. De nuevo salió corriendo hacía los baños, sin
darse cuenta de que en el interior de la caravana, Lucía estaba despertándose.
Bernardo ya se cansaba de
esperar, le daba igual irse y dejar a las chicas ahí, pero empezaba a ponerse
nervioso de verdad, y por eso empezó a revolverse.
-
Estese quieto – le dijo la chica
susurrando.
-
No, me largo de aquí.
El viejo trató de abrirse
paso hacia la puerta, pero Marta no estaba dispuesta a que el lobo la
encontrase, así que se fue a ponerse entre la puerta y el abuelo, para que no
saliese. Y cuando prácticamente lo había conseguido sin hacer mucho ruido, los
tirantes de la camiseta no aguantaron tanto movimiento y bajaron hasta la
altura del pecho, dejando el sujetador a la vista de Bernardo. Marta descubrió
con horror porque el hombre estaba mirándola casi embobado. Los pezones se le
estaban marcando claramente.
-
Si te vas a poner así, entonces me quedo –
dijo sin cuidado alguno.
-
Estese calladito.
Pero él hacía tiempo que
no veía el torso de una mujer joven y no aguantó. Alargó las manos y las pasó
por encima de los senos de ella, que se quedó mirándolo, hasta que reaccionó.
-
¡Marta! – dijo Leo en un leve susurró
mientras entraba de nuevo al servicio.
Nadie contestó. Aunque si
escuchó como alguien se movía y después una pequeña conversación.
-
Si te vas a poner así, entonces me quedo.
-
Estese calladito.
Se acercó donde provenían las voces de su amiga
y el viejo, el cual no tenía ningún cuidado con el volumen de su voz.
-
¡Marta! – dijo un pelín más fuerte.
La chica escuchó una
serie de roces que tenían pinta de ser hechos con las manos. Ya iba a abrir la
puerta, cuando esta la sorprendió y se abrió de un portazo. Marta salió en
dirección a la puerta, ni siquiera había visto a Leo. Bernardo se estuvo quieto
en el sitio.
-
No gritéis – dijo Leo susurrando.
Se habían despistado y
alguno iba a pagarlo caro. El lobo se hallaba detrás de Leo, miraba a los tres
sin reconocer a ninguno de ellos y fijó su mirada en el viejo encargado del
camping. Lo levantó sin esfuerzo, lo sacó al centro del baño mientras el hombre
gritaba desesperado y después le dio con la cabeza en la pila de uno de los
lavabos, la sangre salpicó por todos lados y un segundo golpe apareció de
inmediato, un tercero y un cuarto hasta que Bernardo ya estaba totalmente
inmóvil, después, la bestia en la que se había convertido Fernando soltó el
cuerpo del viejo y se volvió para observar a Leo, la cual se había quedado
inmóvil. Acercó su cabeza a la de la muchacha y soltó un bufido, ella seguía
totalmente quieta, aunque muerta de miedo. El animal cogió a Leo con una mano y
la sentó sobre la pila de uno de los lavabos y le hizo jirones la ropa. Lo
mismo que había hecho con Paula, le golpeó contra los espejos y lavabos con
tanta furia como a Bernardo, solo que el espejo que había encima de ella se
rompió, con tal mala suerte que un par de cristales le cayeron encima, uno en
el pecho izquierdo y otro en el cuello. La sangre ya estaba recorriéndole todo
el cuerpo, pero como luchadora que era, con las últimas fuerzas que le
quedaban, cogió uno de los trozos más grandes del espejo y le asestó varias
puñaladas a la bestia, que le hicieron sangrar. El lobo gritó, levantó el puño
y empezó a asestarle golpes a Leo mientras más sangre de ella se desparramaba y
poco a poco su hermoso rostro se desfiguraba para acabar muriendo.
Marta había salido
corriendo sin que el cánido se diese cuenta.
Por Leo ya no podía hacer nada, así que había aprovechado ese momento
para largarse de allí, solo tendría una posibilidad. Se metió la mano al
bolsillo y sacó su teléfono móvil, hasta ahora no se había dado cuenta de que
lo llevaba, pues con tanta tensión no le había dado ni por palparse los
bolsillos. Marcó el número de emergencias de la Guardia civil y a los pocos
segundos un agente contestó:
-
Guardia civil. Emergencias.
-
Necesito que vengan enseguida, hay mucha
sangre y cadáveres por todos lados.
-
¿Dónde se encuentra?
-
Camping La Carretera. ¡Dense prisa!
Marta colgó consciente de
que había gritado demasiado, por eso cambió de planes y decidió ir hacia el
coche, no pensaba que el monstruo fuese a aparecer por allí. A lo lejos, la
mañana empezaba a clarear tímidamente, aun pasaría al menos una hora hasta que
el solo llegase al camping. Hacia el coche se iba a dirigir, cuando vio por el
rabillo del ojo como la puerta de la caravana se abría. Lucía, la niña de seis
años que se había quedado huérfana de padre, madre y hermana, salía totalmente
desorientada.
-
¿Mamá? – dijo sin fijarse que debajo de
ella yacía el cuerpo de su padre.
Marta fue corriendo hacia
ella para sacarla de allí, más tarde le daría explicaciones, pero la niña ya
había visto el cuerpo de su padre, bajó y se quedó mirando.
-
¿Papa? – decía la niña – despierta papá.
Marta llegó hasta ella y
se agachó, la recogió y se la llevó detrás de la caravana. La cría la miró
mientras ya brotaban lágrimas de sus ojos, pues se había dado cuenta de que su
padre estaba muerto.
-
Lo siento pequeña, pero ahora tenemos que
irnos o el lobo malo nos comerá a las dos.
-
¿Y mi mamá? ¿Y mi tata?
-
Te prometo que te lo digo ahora, pero
tienes que venirte conmigo, no podemos dejar que nos encuentren.
Cogió a la chiquilla en
brazos y salió corriendo de allí, pero al llegar a la esquina donde el camino
se bifurcaba hacia los servicios, se quedó paralizada. El hombre lobo salía del
baño, llevaba sangre en el denso pelaje y hasta un enorme pedazo de cristal
clavado en el lomo. Miró a Marta, en ese momento ella se dio cuenta de que esa
era la mirada de su amigo, una mirada que a Marta le pareció una súplica para
que acabase con él. Unos pocos segundos después, enseñó sus colmillos y Marta
trató de salir corriendo, pero era increíblemente rápido y en dos zancadas la
cogió. La chica soltó a la pequeña.
-
¡Escóndete y no hables para que no te
encuentre, tienes que ser muy silenciosa! – dijo mientras veía como la cría se
quedaba petrificada.
El can cogió a la
muchacha, esta empezó a patalear, a gritar histéricamente y a darle puñetazos
en la espalda a ese monstruo, pero ni siquiera servía para que cediese la
presión que ejercía con su zarpa. Esta vez, en vez de llevarla hacia el baño,
la llevo hacia una de las tiendas. Rasgó la puerta de entrada y metió dentro a
Marta, que no paraba de agitarse y moverse, el cánido también metió al menos la
cabeza y las garras, el lomo no le cabía. Después todo pasó muy rápido. Entre
golpes y zarpazos, la chica fue perdiendo sangre y vísceras al paso. Levantó la
cabeza y vio como ese bicho se la estaba comiendo literalmente. Lo que una
horas antes había sido Fernando, también levantó la cabeza enseñando unos
colmillos llenos de sangre. Marta empezó a gritar y revolverse más
violentamente, la tienda casi se iba a ir abajo, pero ya no tenía escapatoria
posible. Su fuerza empezó se debilitarse rápidamente, lo último que Marta
Vallejo vio antes de morir fueron sus propios intestinos en la boca del que
había sido uno de sus mejores amigos.
Lucía se había quedado
paralizada viendo como el monstruo se llevaba a la chica que quería salvarle,
se iba hacia la caravana de su familia, pero al llegar seguía hacia las tiendas
de arriba, la metía a ella en una de ellas y él también se metía, al menos lo
que pudo. Tenía que ayudar a la chica buena, pero ¿cómo? Solo tenía seis años.
Se fue corriendo hasta donde se encontraban ellos, cuando llegó vio la tela de
la tienda de campaña moverse violentamente, y el ruido, aquel ruido que a veces
escuchaba cuando sus padres estaban solos en su cuarto. Un rato después los
movimientos de la tienda fueron más violentos, hasta que por fin pararon. Tenía
que ser ahora o nunca. Lucía se acercó rápidamente hacia el hombre lobo, tenía
su vista fija en un punto, el pedazo de cristal que llevaba clavado en su lomo.
Cuando llegó, lo cogió y empezó a hundirlo más en su pelaje mientras hacía
círculos, el animal empezó a aullar de dolor mientras trataba de darse la
vuelta para salir, pero aquel sitio era muy pequeño y la niña seguía
hundiéndolo y moviéndolo. Ahora sí, a Fernando el lobo, le habían tocado un
punto débil. La nena sacó el cristal y empezó a apuñarle de manera profunda por
todas zonas del cuerpo, pero el licántropo consiguió darse la vuelta y le
asestó un zarpazo en el brazo que mandó a la niña unos metros hacia atrás.
Cuando, malherido, salió de la tienda, miró hacia arriba, el sol ya estaba
tocando el camping y cayó al suelo. Convulsiones, gritos y más convulsiones
hicieron acto de presencia mientras la niña miraba muerta de miedo. Un par de
minutos, aquel lobo ya no era tal, se había convertido en uno de los chicos que
habían llegado la mañana anterior. Sin tiempo para mucho más y mientras estaba
escuchando las sirenas de la Guardia Civil, Fernando miró a la cría y esbozó
una sonrisa.
-
Gracias pequeña
Un segundo después, con
todo su cuerpo desnudo y lleno de sangre, moría.
Los agentes, armados
hasta los dientes, entraron en el camping, lo menos veinte hombres se repartían
por todas las instalaciones y empezaban a registrar todo. Cuando se cercioraron
de que no había nadie que amenazase su integridad física, comenzaron a envolver
los cadáveres. Días más tarde la prensa sensacionalista describió aquello como
lo más terrorífico de la historia de España, y lo alzó a la altura de la mítica
Matanza en un Rancho de Texas.
Un agente se acercó a la
niña que todavía seguía mirando el cadáver de Fernando.
-
¡Dios Santo! – dijo mientras levantaba en
brazos a la niña - ¿estás bien pequeña?
-
Ha sido el lobo malo – dijo mirando todavía
el cuerpo caliente de aquel joven.
El agente dejó a la cría
en la ambulancia y mientras los enfermeros se ocupaban de ella, otro agente se
acercó.
-
Hay muy pocos cuerpos identificables,
sargento ¿Quién ha podido hacer semejante barbaridad?
-
No lo sé, la única superviviente es una
niña, que dice algo de un lobo malo, pero es una cría y está traumatizada, no
será de mucha ayuda.
Otro de sus hombres venía
a la carrera.
-
¡Sargento! Hemos encontrado esto – dijo
jadeando.
El nuevo agente que había
aparecido en escena le entregó una pequeña bolsita con pelaje dentro.
-
Ha sido el lobo malo – eran los
pensamientos del sargento Novoa al mirar la bolsita – que lo analicen, podría
ser de un lobo.
-
Sargento, hace años que no se ven lobos
por aquí.
-
No me importa Cabo, a mi ese pelaje me
parece de lobo, así que mande que lo analicen.
-
Claro, Sargento.
El hombre se acercó a la
ambulancia, los enfermeros habían limpiado, curado y vendado el brazo de Lucía.
-
Pequeña – le dijo el Sargento - ¿qué ha
pasado esta noche?
-
Ha sido el lobo malo – dijo mientras la
niña se reía.
Se volvió hacia los enfermeros.
-
Está muy traumatizada, encárguense de
dejarla en el hospital, nosotros trataremos de ponernos en contacto con
familiares suyos.
-
Está bien – dijo uno de los enfermeros,
mientras cerraban la puerta de atrás.
Diez minutos después la
ambulancia ya estaba camino del hospital, los enfermeros echaban vistazos a la niña
de vez en cuando.
-
Parece como si una bestia inhumana hubiese
pasado por ese camping ¿no crees?
-
Sí claro, Romasanta, no te jode – dijo el
otro enfermero – habrá sido algún chiflado.
Lucía miró hacia los dos
enfermeros, justo en el momento que el copiloto se volvía para echarle otro
vistazo. La niña sonrío y mostró unos hermosos…colmillos.
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