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DE SEPTIEMBRE DE 2019. MARTES. 22:15
Nicole e Indira
son dos hermanas de diecinueve y quince años respectivamente. El domingo
anterior, sus padres se habían ido de vacaciones y estarían una semana. Para la
mayor no era nuevo, ya se había quedado sola en dos ocasiones más, pero la
pequeña de la familia era una
novedad. A las dos les gustaba la idea, pero a Indira se le notaba mucho más.
― ¿Qué
hora es? ― preguntó la niña.
Indira era un
poquito más alta que su hermana mayor. Su cabello rubio caía libre por su
espalda. De hecho, quien no la conocía, pensaba que era sueca. Tenía los ojos
azules, como el cielo en un día despejado y unas gafas de pasta con la montura
de color morado. También llevaba un corrector dental dorado, pero pese a todo
eso, se podía ver que era una muchacha hermosa y esbelta.
― Las
diez y cuarto ― le contestó su hermana ― ¿por
qué te interesa la hora?
Nicole también
era alta, pero como siempre la comparaban con su hermana, salía perdiendo y
parecía más baja de lo que en realidad era. También era esbelta, aunque sus
facciones faciales eran más comunes. Su pelo era castaño y sus ojos también,
como la madera recién barnizada. Tenía más cuerpo de mujer, lógicamente, lo que
le daba una pequeña ventaja respecto a ella.
― Por
ver una peli, como todavía no hay insti y papá y mamá no están, pues podemos
ver una.
― Si,
mañana podremos dormir todo el día.
Indira río.
― ¿Una
de miedo?
―
Vale.
―
Pero ― Nicole miró a su hermana sonriendo ― si
te da miedo, no sé si te dejaré dormir conmigo.
― ¡Te
encanta que duerma contigo! ― dijo la niña sorprendida.
― Eso
es verdad ¿y cual ponemos?
― Esta
parece guay.
― La
casa de los mil cadáveres.
― Sí.
― No
veo porque no se pueda ver.
Las chicas se
prepararon para ver la película. La mesa de enfrente se llenó de patatas fritas
y refrescos, mientras Nicole conectaba el disco duro externo y buscaba la
cinta. Se sentaron.
― Solo
una coca cola.
―
Vale ― dijo Indira resignada.
Mientras la
película empezaba, Nicole miró por la ventana y vio en la lejanía unos
relámpagos, al rato se escuchaba el trueno. Se debía aproximar una tormenta.
También se veía, asomado a la ventana, al vecino de enfrente mirar hacia el
cielo, seguramente estaría pensando lo mismo que ella.
― No
sé si la terminaremos.
― Lo que
no podamos ver, lo dejamos para mañana.
―
Claro, a sus órdenes.
La tormenta no llegó y cuando terminaron la película, Nicole miró a su hermana.
― Un
poco fuerte y paranoica ¿no?
Indira la miró.
―
Tampoco ha sido para tanto
La chica se
levantó y se fue hacia el cuarto de baño, mientras su hermana la seguía con la
mirada.
―
Joder con la puta cría.
Cuando la niña
regresó, Nicole ya había quitado la película y había recogido el salón. Ella la
miró.
―
Puedes dormir conmigo, caprichosa.
No es que la
pequeña tuviese miedo a dormir sola, pero le gustaba dormir con su hermana pese
al calor.
―
Gracias hermanita.
― Pero
no te pegues a mí.
Ambas se
quitaron la ropa, pues era verano, hacía calor y se conocían bien. Indira se
dejó solamente las bragas rosas puestas y Nicole un tanga blanco, pero con una
camiseta de tirantes. La tormenta se volvía a hacer visible. Apagaron la luz.
― ¿No
me das un beso para dormirnos? ― le pidió Indira.
―
¿Qué?
― Un
beso para dormirme.
Nicole se
incorporó encima de su hermana y le dio un beso en la mejilla.
― Pero
en la boca, quiero saber que se siente.
Su hermana se
empezó a reír.
― No
voy a besarte en la boca.
― ¿Qué
más te da?
―
Vale, pero solamente uno y no me darás más el coñazo.
― Hecho.
De nuevo se puso
encima de su hermana y le dio un beso en sus labios, realmente tierno, que duro
unos cinco segundos. En realidad eran dos o tres besos pequeños. Se quitó de
encima.
―
Besas muy bien.
― A
dormir, viciosa.4 DE SEPTIEMBRE. MIÉRCOLES. 3: 20
Ahora sí, la
tormenta estaba en todo su apogeo. Los relámpagos se sucedían sin descanso. Uno
tras otro, con su correspondiente trueno. Indira no podía dormir y pensaba en
el beso de su hermana. Había sido un poco light para ser un primer beso, aunque
le había gustado. El termómetro marcaba dentro del piso veinticinco grados. Y
sin importarle la temperatura demasiado, su vejiga protestó.
―
¡Jo! ― se quejó.
Se levantó y sin
ponerse nada de ropa, se fue al baño.
― ¿Dónde vas?
― Al
baño.
Su hermana ni
contestó. Después de orinar, salió del retrete, apagó la luz y volviendo a la
cama lo escuchó.
Din Don
Indira paró,
confusa. Acababa de sonar el timbre, pero como si lo hubieran accionado y sin
llegar a apretar del todo, lo hubiesen soltado, para que solo se enteraran
ellas. Y una tormenta era una cosa, pero
que alguien llamara de madrugada en medio de una, era otra cosa muy distinta.
Tratando de no hacer ruido, volvió a la cama, deseando que hubiese sido su
imaginación. Se metió entre las sabanas y contuvo el aliento.
Din Don
De nuevo como
antes, flojo. No era su imaginación. Alguien llamaba. Miró el teléfono móvil
para comprobar si sus padres le habían mandado un mensaje diciendo que
regresaban o que mandaban a alguien a por algo. Desde luego no se les ocurriría hacerlo a esas horas y con una
tormenta impresionante. No había nada. Miró a Nicole. Dormía. No sabía si
despertarla. Quizá lo más sensato era pasar del tema y que llamasen lo que
quisieran, total habían cerrado con las tres llaves y la puerta era
infranqueable.
Din Don
Esta vez fue
Nicole quien se despertó. Se volvió a mirar a su hermana, que la
miraba…¿asustada?
― ¿Han
llamado?
De nuevo un
relámpago inundó de una siniestra luz el cuarto, para que, segundos después, el
correspondiente trueno retumbase y sacudiese a las chicas.
― ¿Han
llamado? ― volvió a preguntar.
― Tres
veces.
― Voy
a abrir ― dijo levantándose.
― ¿En
serio?
― ¿Ves
lo que acarrea ver películas de miedo?
― le regañó su hermana ― no
te preocupes será algún vecino.
― ¿Y
por qué no miras antes por la mirilla?
De nuevo su
vieja fobia. Nicole se quedó paralizada. Indira cayó al instante y se levantó
de la cama.
― Perdona, estoy asustada y no me acordaba.
Santos inocentes
de hacía tres años. Estaban en casa, con sus padres y alguien llamó al timbre.
Era de día y aunque hacía frío, el sol llenaba el piso de luz.
― Yo
abro ―
dijo Nicole.
Salió corriendo
hacia la puerta.
―
¡Cariño! ― gritó su madre ― ¡mira
antes por la mirilla!
La cría se asomó
por la mirilla de la puerta y observó. No veía nada, pero en ese instante, un
rostro, como el de un demonio, sonrió hacia el ventanillo y la niña se asustó.
Salió corriendo hacia los brazos de su madre y no pasó nada, pues era su padre
con una careta para darle un susto al que se asomara, pero a Nicole le provocó
un trauma y pese a que su padre le pidió perdón incontables veces y que ella le
había perdonado, eso seguía ahí.
―
Tranquila ― dijo ella
― ya es hora de superarlo.
Estaba cruzando
el salón, un nuevo relámpago, seguido de un trueno, iluminaron la estancia. Y
ahí estaba, en el sofá, una persona con la cara de demonio.
― Hola
Nicole, soy yo, pero esta vez no está tu padre.
Y enseñó su
sonrisa.
― No
puedo ―
dijo volviendo sobre sus pasos.
― Ya
voy yo.
Se quitó las
chancletas para no hacer ruido, cruzó el salón, donde, lógicamente, no había
nada y se puso frente a la puerta, sin hacer ruido, casi sin respirar,
esperando el momento preciso para asomarse y ver quien estaba atormentándolas.
Esta vez no llamó al timbre.
Toc Toc
No se lo pensó.
Tal y como sonaron los golpes, se asomó por el ventanillo, miró todo lo que
podía ver, pero no vio a nadie. Era imposible. Por la mirilla, como si
estuviera en la lejanía, se veía toda la puerta. Alcanzaba hasta las escaleras,
solamente un rincón al lado del ascensor, quedaba a oscuras total, pero no se
veía ningún movimiento. Se apartó de la mirilla y se volvió para decírselo a
Nicole.
― ¡Ah!
― No
quería asustarte Indira, pero si hacía ruido nos habría oído ¿quién es?
― No
he visto a nadie.
― ¿Qué
significa que nos has visto a nadie?
― Eso.
He mirado pero no había nadie.
Nicole miró a la
niña aterrada.
―
Vamos a la cama, anda.
Cuando cruzaban
el salón, escucharon algo que casi les asustó más que cualquier otro ruido que
habían oído hasta ese momento o incluso el no ver a nadie por fuera. Alguien
intentaba abrir la puerta. Se volvieron y observaron como se movía el pomo.
― No
había nadie ― dijo la niña.
― Voy
a por un cuchillo.
Por los cajones
que había debajo de la vitrocerámica, rebuscó hasta que encontró un cuchillo de
buenas dimensiones y afilado. Satisfecha, volvió junto a su hermana.
― Vístete.
Indira fue al
cuarto y se puso la camiseta de tirantes que había llevado esa misma noche y
unos vaqueros cortos ajustados. Nicole se puso una falda corta. Más golpes.
Toc Toc Toc
Cuchillo en mano
se encaminaron hacia la puerta.
― ¿Quién
es?
Otro relámpago iluminó
el recibidor y otro trueno puso la banda sonora.
― Si
no nos dices quien eres, no abriremos la puerta
― insistió la mayor.
Ahora el silencio
solo lo rompían los truenos lejanos. Debía haber varias tormentas a la vez.,
Toc Toc Toc
Indira se llevó
la mano a la boca para no gritar y Nicola estaba absorta mirando la puerta.
Esta vez los golpes habían sonado más i9nsistentes, alguien estaba perdiendo la
paciencia.
-- ¿Quién
coño eres, joder? ― gritó Nicole presa del pánico.
La cría miró a
su hermana.
― Llama
a la policía. El cero noventa y uno ― le dijo Nicole.
La chica fue al
cuarto y cogió su móvil, marcó el número y espero. Enseguida lo cogieron.
―
Policía nacional. Emergencias.
― Necesitamos
que vengan, mi hermana y yo estamos en apuros. Alguien lleva un rato llamando
al timbre de la puerta y no nos dice quien es, ha intentado entrar. Estamos
asustadas.
―
Tranquila. Dime la dirección.
―
Avenida Monteolivo, setenta y dos, cuarto D.
― No abráis
la puerta, enseguida llega una patrulla.
Indira colgó y
corrió donde estaba su hermana.
―
Vienen de camino.
Nicole se
dirigió hacia la puerta.
― La
policía viene de camino.
No se oía nada,
pero eso no era nuevo, seguramente quien estaba al otro lado pensaría que era
un farol.
― Allá
tú sino no crees.
Se fueron al
salón, los relámpagos no dejaban de formar figuras grotescas en el salón donde
las chicas estaban pasando el peor día de sus vidas. Los truenos era sus fieles
acompañantes. El piso seguía sin luz eléctrica y la tormenta no tenía fin.
Nicole miró por la ventana y enarcó las cejas. En la ventana de enfrente, donde
al principio había visto a un hombre mirar la tormenta, había luz, y la
instalación era la misma para los dos edificios, alguien la había cortado,
alguien con acceso al cuarto donde estaban los contadores. Seguiría sin saber quién
era, pero se le ocurrió una idea.
―
Indira, mira esa ventana, cuando veas a alguien asomarse haz señales y
cuando consigas su atención,. Abres y le cuentas lo que pasa.
―
Vale.
Diez minutos
después volvió a sonar el timbre. Las chicas se miraron. Nicole le hizo una
seña a su hermana, para que se quedara dónde estaba. Ella se fue acercando a la
puerta.
―
¡Policía, nos han avisado de que estaban intentando entrar!
― ¡Si,
ahora abrimos!
Corrieron las
dos hasta la puerta, y abrieron. Dos agentes, con la placa en la mano enseñándoselas
a las chicas, esperaban en el rellano.
―
Gracias por venir.
― Es
nuestro deber ― dijo el agente más mayor ―
¿podemos pasar?
―
Adelante.
Los policías
entraron y observaron.
―
Vamos a mirar si hay cámaras o micros, por si os han estado espiando,
así podremos averiguar desde donde.
Cada uno por un
lado, recorrieron cada rincón del inmueble, buscando indicios de espionaje
hacia las chicas, pero no hallaron nada. Veinte minutos después, ya habían
terminado.
― Ni
rastro de webcams, ni de micros, ni de nada. Por la calle no hemos visto a nadie
merodear. No abráis la puerta a nadie, echad todas las llaves posibles y no
podrá entrar.
― Eso
ustedes no lo saben ― dijo visiblemente molesta, Nicole.
― Lo
siento, pero no hemos visto nada. No obstante, iremos a pie ahora, a ver si
vemos a alguien por las callejuelas de por aquí.
― Está
bien.
Los agentes se
fueron escaleras abajo y Nicole cerró la puerta con las dos llaves. La verdad
era que si ellos habían miraod por las calles y en el piso y no había indicios
de nada, igual es que no los había y el que fuese se habría ido al ver que
llegaba la policía. Así se lo hizo saber a su hermana y se tranquilizaron. Se
desnudaron y se metieron de nuevo a la cama.
Din Don
Ni dos minutos
habían pasado, aunque también podrían ser los agentes. Miró a su hermana.
―
Quizás sean los policías.
Se levantó sin
vestirse ni nada solo con la camiseta y el tanga y se dirigió a la puerta. Indira
se sentó en la cama y esperó.
― ¿Quién
es?
― De
nuevo la policía, hemos visto un sospechoso merodeando.
La chica abrió rápidamente
la puerta y se encontró con el agente más joven.
―
¿Puedo entrar?
―
Claro.
― Vístase
si quiere, puedo esperar.
― No
importa
También la niña
salió del cuarto al ver que era el agente, como se había hechado en bragas, se
puso una camiseta encima, nada más. El policía no pudo dejar de mirarla.
―
Hemos visto a una persona de complexión delgada y cubierto con una
capucha, mi compañero ha ido a por el para interrogarle.
―
Cerrad la puerta y solamente abrid si somos nosotros, porque…
Din Don
― Un
momento, será mi compañero.
Abrió la puerta.
― ¿Has
sacado algo en claro con…
El afilado cuchillo
le cortó la garganta con la rapidez de una serpiente y la precisión de un cirujano, mientras un relámpago
iluminaba su angustiado rostro. El correspondiente trueno irrumpió en esa
macabra reunión, justo cuando el policía caía muerto. El asesino, ataviado con
una capucha, entró y cerró, después se volvió, vio a las asustadas chicas y
agarró por el cuello a Nicole, poniéndole el cuchillo en la garganta, mientras
observaba a Indira.
― Si
intentas algo, la mataré.
La niña asintió
con la cabeza.
― A la
ventana del salón.
Se acercó
aterrada, tanto por ella colmo por su hermana. El hombre, usando a Nicole como
escudo, también se acercó.
―
Supongo que os preguntaréis porque hago esto y porque a vosotras ¿Veis la
ventana que hay justo enfrente de esta? La que tiene la luz encendida. Pues ahí
llevo viviendo solo tres años. Todos los días observándoos hasta que el destino
me ha regalado esta noche. Solamente habéis cometido un error, y es llamar a la
policía, porque sin ellos y su confianza en sí mismos, no hubiese podido
entrar. ¿Por hago esto? Porque Indira me tiene loco, siempre la he admirado,
pues me gustan jovencitas… ― sonrió de forma macabra ― lo
sé, soy un monstruo, necesito ayuda, pero ahora mismo, es lo que hay. Y lo que
tengo aquí es a una hermosa joven y a su hermana mayor, que no me hace ninguna
falta.
Y le cortó el
cuello.
Indira miró como
caía la sangre del cuello de Nicole y entró en pánico.
―
¡Nicole!
Él la miro con
tranquilidad.
― Mírate
Indira. Piernas largas, un rostro hermoso, las gafas y el corrector que te dan
un intenso aire de inocencia, poca ropa y que hostias, un culo magnífico…me
gustas.
La cría estaba
aterrada ¿Qué pasaría ahora? Sin pensar, echó a correr hacia la puerta. Él
reaccionó rápido y la siguió. Cuando ya iba a abrir la puerta, la cogió por la
cintura y la volvió hacia él, después la agarró del trasero y la cogió en
brazos.
― ¿Qué vas a hacerme?
― ¡Oh,
que tierna! Nunca le hagas esa pregunta a un pedófilo.
Ella empezó a
llorar y a temblar, lo miraba sin saber que iba a pasar con ella, pero la cosa
pintaba bastante mal.
― ¿Qué
hago? ―
le preguntó él ― te llevo a casa y jugamos allí o te devoro
aquí mismo.
Hizo rechinar
sus dientas mientras se los enseñaba a la niña, que empezó a tratar de
soltarse, agitándose, pataleando e incluso soltándole algún puñetazo con escasa
repercusión.
― Ha
llegado la hora ― dijo mostrándole una perversa sonrisa, para
después relamerse.
― ¡No,
por favor!
Se la llevó al
cuarto, que precisamente era de la niña y se escuchó como le rompía a tirones
la camiseta. También se escuchaban los desesperados gritos de ella, que poco a
poco se iban apagando, dando lugar a jadeos y terminando por no escucharse nada
procedente de Indira.
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