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domingo, 19 de mayo de 2019

EL CHICO DE LA CURVA


PROVINCIA DE ZARAGOZA. VIERNES 24 DE MAYO. 1:20

Berta llevaba conduciendo por esa carretera solitaria, tanto tiempo, que creía llevar días sin parar. Curva tras curva, a ratos serpenteando y a ratos, los menos, en rectas, se le hacía eterna. Miró el indicador de la gasolina de la furgoneta, al menos no se quedaría tirada por el combustible.
La verdad es que no le importaba, le gustaba conducir a esas horas, siempre le había gustado de noche pero parecía que desde hacía algunos días lo tenía más intensificado. Nunca había tenido miedo de ir sola ni a esas horas, ni por esa carretera. La única compañía que necesitaba era la de Rosendo Mercado sonando en el cd del vehículo. Terminaba y empezaba de nuevo, como si estuviera en un bucle ¿Para que iba a cambiar si le gustaba?

Tenía veintiocho años y una seguridad enorme en si misma. Físicamente no mediría más del metro sesenta y ocho y su peso estaría en unos cincuenta y cinco kilos. Era rubia teñida y no lo ocultaba, los ojos eran azul claro. Era atractiva y como además, hacía calor, llevaba poca ropa, unos simples vaqueros cortos y una camiseta de tirantes roja. No tenía destino fijo, pues le relajaba coger la furgoneta y simplemente hacer kilómetros. Una curva a la derecha, ahora a la izquierda, de nuevo a la derecha, otra vez a la izquierda….y ahí estaba, con las manos levantadas en medio de la carretera.

    ¡Hostia!

Y frenó bruscamente. Era un hombre joven que se acercaba al trote hacia el vehículo. Abrió la puerta del copiloto.

    Buenas noches    dijo amablemente    perdona que te haya hecho parar de esta forma, pero estaba desesperado.
Berta no salía de su asombro, pero nunca había sido miedosa y no iba a empezar ahora a serlo.

  Sube    le dijo.

  Gracias.

El hombre subió. A Berta le pareció atractiva, y a él, ella le pareció atractiva. Era alto y con buena musculatura, unos ojos verde oscuro y una barba de varias semanas sin afeitar. Vestía con ropa cómoda, unos vaqueros ceñidos y desgastados y una camiseta negra de manga corta. Para rematar llevaba una gorra verde y blanco en la que se podía leer “Irlanda”

  Ya podías haber buscado un sitio para dormir, no son horas de ir caminando por una carretera que apenas viene nadie.

  Tienes razón pero empecé a caminar y perdía la noción del tiempo.

  Ya    dijo ella mirándolo un instante    y por eso vengo yo, no viene apenas nadie ni de día.

  Mejor    dijo él.

  ¿Cómo dices?

  Mejor porque si no llegas a pasar, tendría que seguir a pie y no me gusta este sitio mucho a estas horas    la miró    ¿estamos en la carretera que va a Pozuelo?

Ella asintió.

  Si, aquí es donde ocurrió.

  ¿Qué ocurrió?

  Lo de la chica que se mató no hace mucho, creo que fue en alguna curva de estas.
Ella soltó una divertida carcajada.

― No me digas más, en la próxima curva empezarás a gritar como un energúmeno y desaparecerás ¿me equivoco?

  Si pasara eso sería el chico de la curva    dijo sonriendo    pero es cierto, fue por esta zona. Y fue una chica.

  ¡A ver si voy a ser yo!    dijo Berta.
De nuevo rieron.

  ¿Quieres saber lo que pasó?    preguntó él.

  No te ofendas, pero no creo que leyendas urbanas.

La señal informaba de que una curva peligrosa se acercaba y aunque Berta no creía en historias para asustar a los niños,  había algo que no le cuadraba.

  No me has dicho dónde vas.

Él la miró de arriba abajo…otra vez.

  Podemos parar por aquí y dormir, estás de muy buen ver    dijo el hombre.

Ella lo miró extrañada mientras la curva se aproximaba. Trescientos metros. También lo miró de arriba abajo.

  Reconozco que estas bueno, pero no voy a parar aquí ni a dormir.

  No te enfades, era una broma.

Doscientos metros.

  Entonces ¿eres un psicópata?

Él sorprendido ahora era él. Cien metros.

  Si lo dices por lo de dormir ya te he dicho que era una broma.

A él se le veía nervioso. Cincuenta metros…treinta…..veinte….él se agarraba al posa brazos. Diez metros…la furgoneta giró hacia la izquierda, algún chirrió de los neumáticos hizo que él cerrara los ojos. Ella lo miró muy tranquila.

 Hemos pasado la curva y los dos seguimos aquí.

  Si me hubieses dejado contarte la historia, verías que no es suficiente con pasar la cueva    dijo abriendo los ojos y relajándose un poco.

  Cuéntamela.

  Hará cuatro o cinco días alguien se salió con su vehículo por el barranco “Seco” y se mató.

  Algo así escuché en la radio. Y el barranco esta ahí delante    dijo señalando con el dedo.

  Me contaron que a partir de ese momento, al girar la curva, una chica se aparece y te pide que la lleves.

  Justo donde te recogí a ti    dijo ella.

Las piezas empezaban a encajar.

  Más o menos por ahí, sí. Es al llegar a la zona del barranco cuando ella te dice que cuides que se le fue el coche y cayó por el barranco.

  No fue exactamente así.

  ¿Y cómo fue?

La señal donde reflejaba la altitud y la presencia del barranco apareció. Quinientos metros.

  Se aparece en la curva donde estabas tú.

  ¿No pensaras que soy yo?

Trescientos metros.

  ¡Claro que no, pero porque eres un tío!

  Eso es, joder.

El hombre estaba, de nuevo, nervioso.

  A tu historia le falta una cosa que no te han contado.
Cien metros.

  La chica que se mató, no se aparece caminando.
Cincuenta metros.

  ¿Y cómo aparece, entonces?

Él la miró. Treinta metros. El cartel apareció “Barranco Seco” Altitud: 412.

Cuando ella le miró, él supo que había sido un error todo. Desde ir por esa carretera andando hasta subirse a la furgoneta. Y lo supo porque la cara de ella había cambiado, ahora era una horripilante maraña de venas, su boca eran cientos de dientecillos pequeños muy afilados y sus ojos no eran azules, ahora eran rojo fuego. Sacó su enorme lengua y se la enroscó al cuello. A su derecha todavía estaba el quitamiedos doblado, igual que en el lateral derecho de la furgoneta estaba el rasguño.
Hacía siete días Berta se había matado en ese mismo sitio, se quedó dormida y el vehículo se le fue. En ese momento giró adrede, mientras se reía y ahogaba al acompañante. Cayeron por el barranco mientras, dentro de la furgoneta, solamente se oían los gritos de él.