PROVINCIA
DE ZARAGOZA. VIERNES 24 DE MAYO. 1:20
Berta llevaba conduciendo por esa carretera
solitaria, tanto tiempo, que creía llevar días sin parar. Curva tras curva, a
ratos serpenteando y a ratos, los menos, en rectas, se le hacía eterna. Miró el
indicador de la gasolina de la furgoneta, al menos no se quedaría tirada por el
combustible.
La verdad es que no le importaba, le gustaba
conducir a esas horas, siempre le había gustado de noche pero parecía que desde
hacía algunos días lo tenía más intensificado. Nunca había tenido miedo de ir
sola ni a esas horas, ni por esa carretera. La única compañía que necesitaba
era la de Rosendo Mercado sonando en el cd del vehículo. Terminaba y empezaba
de nuevo, como si estuviera en un bucle ¿Para que iba a cambiar si le gustaba?
Tenía veintiocho años y una seguridad enorme en si
misma. Físicamente no mediría más del metro sesenta y ocho y su peso estaría en
unos cincuenta y cinco kilos. Era rubia teñida y no lo ocultaba, los ojos eran
azul claro. Era atractiva y como además, hacía calor, llevaba poca ropa, unos
simples vaqueros cortos y una camiseta de tirantes roja. No tenía destino fijo,
pues le relajaba coger la furgoneta y simplemente hacer kilómetros. Una curva a
la derecha, ahora a la izquierda, de nuevo a la derecha, otra vez a la
izquierda….y ahí estaba, con las manos levantadas en medio de la carretera.
― ¡Hostia!
Y frenó bruscamente. Era un hombre joven que se
acercaba al trote hacia el vehículo. Abrió la puerta del copiloto.
― Buenas noches
― dijo amablemente ―
perdona que te haya hecho parar de esta forma, pero estaba desesperado.
Berta no salía de su asombro, pero nunca había sido
miedosa y no iba a empezar ahora a serlo.
― Sube ― le
dijo.
― Gracias.
El hombre subió. A Berta le pareció atractiva, y a
él, ella le pareció atractiva. Era alto y con buena musculatura, unos ojos
verde oscuro y una barba de varias semanas sin afeitar. Vestía con ropa cómoda,
unos vaqueros ceñidos y desgastados y una camiseta negra de manga corta. Para
rematar llevaba una gorra verde y blanco en la que se podía leer “Irlanda”
― Ya podías
haber buscado un sitio para dormir, no son horas de ir caminando por una
carretera que apenas viene nadie.
― Tienes
razón pero empecé a caminar y perdía la noción del tiempo.
― Ya ― dijo
ella mirándolo un instante ― y por eso vengo yo, no viene apenas nadie ni
de día.
― Mejor ― dijo
él.
― ¿Cómo
dices?
― Mejor
porque si no llegas a pasar, tendría que seguir a pie y no me gusta este sitio
mucho a estas horas ― la miró
― ¿estamos en la carretera que va
a Pozuelo?
Ella asintió.
― Si, aquí es
donde ocurrió.
― ¿Qué
ocurrió?
― Lo de la
chica que se mató no hace mucho, creo que fue en alguna curva de estas.
Ella soltó una divertida carcajada.
― No me digas más, en la próxima curva empezarás a
gritar como un energúmeno y desaparecerás ¿me equivoco?
― Si pasara
eso sería el chico de la curva ― dijo sonriendo ― pero
es cierto, fue por esta zona. Y fue una chica.
― ¡A ver si
voy a ser yo! ― dijo Berta.
De nuevo rieron.
― ¿Quieres
saber lo que pasó? ― preguntó él.
― No te
ofendas, pero no creo que leyendas urbanas.
La señal informaba de que una curva peligrosa se
acercaba y aunque Berta no creía en historias para asustar a los niños, había algo que no le cuadraba.
― No me has
dicho dónde vas.
Él la miró de arriba abajo…otra vez.
― Podemos
parar por aquí y dormir, estás de muy buen ver
― dijo el hombre.
Ella lo miró extrañada mientras la curva se
aproximaba. Trescientos metros. También lo miró de arriba abajo.
― Reconozco
que estas bueno, pero no voy a parar aquí ni a dormir.
― No te
enfades, era una broma.
Doscientos metros.
― Entonces
¿eres un psicópata?
Él sorprendido ahora era él. Cien metros.
― Si lo dices
por lo de dormir ya te he dicho que era una broma.
A él se le veía nervioso. Cincuenta
metros…treinta…..veinte….él se agarraba al posa brazos. Diez metros…la
furgoneta giró hacia la izquierda, algún chirrió de los neumáticos hizo que él
cerrara los ojos. Ella lo miró muy tranquila.
― Hemos
pasado la curva y los dos seguimos aquí.
― Si me
hubieses dejado contarte la historia, verías que no es suficiente con pasar la
cueva ―
dijo abriendo los ojos y relajándose un poco.
― Cuéntamela.
― Hará cuatro
o cinco días alguien se salió con su vehículo por el barranco “Seco” y se mató.
― Algo así
escuché en la radio. Y el barranco esta ahí delante ― dijo
señalando con el dedo.
― Me contaron
que a partir de ese momento, al girar la curva, una chica se aparece y te pide
que la lleves.
― Justo donde
te recogí a ti ― dijo ella.
Las piezas empezaban a encajar.
― Más o menos
por ahí, sí. Es al llegar a la zona del barranco cuando ella te dice que cuides
que se le fue el coche y cayó por el barranco.
― No fue
exactamente así.
― ¿Y cómo fue?
La señal donde reflejaba la altitud y la presencia
del barranco apareció. Quinientos metros.
― Se aparece
en la curva donde estabas tú.
― ¿No
pensaras que soy yo?
Trescientos metros.
― ¡Claro que
no, pero porque eres un tío!
― Eso es,
joder.
El hombre estaba, de nuevo, nervioso.
― A tu
historia le falta una cosa que no te han contado.
Cien metros.
― La chica
que se mató, no se aparece caminando.
Cincuenta metros.
― ¿Y cómo
aparece, entonces?
Él la miró. Treinta metros. El cartel apareció
“Barranco Seco” Altitud: 412.
Cuando ella le miró, él supo que había sido un error
todo. Desde ir por esa carretera andando hasta subirse a la furgoneta. Y lo
supo porque la cara de ella había cambiado, ahora era una horripilante maraña
de venas, su boca eran cientos de dientecillos pequeños muy afilados y sus ojos
no eran azules, ahora eran rojo fuego. Sacó su enorme lengua y se la enroscó al
cuello. A su derecha todavía estaba el quitamiedos doblado, igual que en el
lateral derecho de la furgoneta estaba el rasguño.
Hacía siete días Berta se había matado en ese mismo
sitio, se quedó dormida y el vehículo se le fue. En ese momento giró adrede,
mientras se reía y ahogaba al acompañante. Cayeron por el barranco mientras,
dentro de la furgoneta, solamente se oían los gritos de él.